El país quedó último en clima disciplinario entre 82 sistemas educativos del mundo. Ruido constante, alumnos que ignoran al docente y celulares que funcionan como «interruptores» de la atención pintan una radiografía feroz de lo que pasa puertas adentro de las aulas. Pablo Mainer, especialista en educación, analiza una crisis que nos obliga a mirar qué estamos haciendo los adultos.
Antes de discutir si nuestros adolescentes saben resolver una ecuación de segundo grado o si comprenden un texto sobre el cambio climático, tenemos que preguntarnos algo mucho más básico, casi elemental: ¿están dadas las condiciones mínimas para que haya una clase en Argentina? Los resultados de las pruebas PISA 2025, diseñadas por la OCDE, nos acaban de dar un baldazo de agua fría que va directo al hueso de la convivencia escolar.
No es una exageración periodística ni un titular sensacionalista. Es la cruda realidad de los datos: Argentina quedó en el último puesto absoluto entre los 82 sistemas educativos que aportaron información sobre el índice de clima disciplinario. Tenemos un valor de -0,43, mientras que el promedio internacional es de 0,14. Estamos en el subsuelo de la tabla.
¿Qué significa esto en el día a día? Podés imaginarte una escena cotidiana. Entrás a un aula y el caos es la norma. El 58% de los estudiantes argentinos reporta que hay ruido y desorden en la mayoría o en todas las clases de Ciencias, casi el doble del promedio global (31%). Además, el 47% afirma que sus compañeros directamente no escuchan al profesor. Fijate: casi la mitad de la clase ignora a la persona que está ahí para enseñar. En ese contexto, el 29% señala que es imposible trabajar bien.
La autoridad sitiada
Para Pablo Mainer, fundador de la organización Hablemos de Bullying y referente de Argentinos por la Educación, este deterioro no es casualidad. Detrás de los gritos y el desorden, hay un problema más profundo. «La causa de fondo es una crisis de autoridad adulta«, le explica Mainer. Y aclara rápido para no caer en simplificaciones: «No se trata solamente de las capacidades o del liderazgo del docente, sino también del respaldo institucional y del involucramiento de las familias«.
Es un desajuste de época. Sabemos que los chicos hoy viven a otro ritmo, acostumbrados a la información inmediata, a poner los audios en «por dos» y a la imagen por sobre el texto. La escuela, ese ámbito que requiere otros procesos y tiempos, choca de frente con esa ansiedad digital. Y en esa pelea, el docente muchas veces se queda solo.
Cuerpos presentes, cabezas afuera
Al ruido ambiente se le suma un competidor feroz y silencioso: el celular. El 55,4% de los estudiantes argentinos dice que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales en clase. Ocupamos el segundo lugar en el mundo en este indicador de dispersión.
Es una contradicción que duele. Pasamos en promedio dos horas diarias usando el teléfono para ocio dentro de la escuela, pero el índice de preparación de las instituciones para el aprendizaje digital es bajísimo (-1,11, puesto 87 de 88). Tenemos mucha presencia de pantallas para distraernos, pero casi nada para aprender.
Mainer es contundente con el impacto de la tecnología: «Tenemos cuerpos presentes, pero la cabeza está afuera«. Describe al teléfono como un «interruptor» que se activa ante la menor dificultad. «No entiendo un ejercicio rápido y me evado con el teléfono«. Por eso, sostiene que la prohibición no debe quedar librada a la soledad de cada profesor, sino que debe ser una política institucional clara. «Es importante no dejar solos a los profesores«, insiste.
La soledad de las aulas
El panorama se vuelve más sombrío cuando miramos el mapa completo. El problema empieza incluso antes de entrar. Dos de cada tres adolescentes argentinos llegaron tarde al menos una vez en las dos semanas previas a la evaluación. La impuntualidad creció 13 puntos porcentuales en siete años.
Y quizás lo más doloroso es la confirmación de que el acompañamiento familiar está en retroceso. En 2022, el 67% de los padres preguntaba al menos una vez por semana qué habían hecho en la escuela; en 2025, esa cifra cayó al 62%. Peor aún: las conversaciones sobre las dificultades escolares bajaron del 52% al 44%. Los chicos sienten que, ante el desborde y la frustración, hay menos adultos escuchando del otro lado.
El diagnóstico de PISA 2025 es un llamado de alerta que trasciende lo académico. Nos muestra que las aulas argentinas están expresivas, desbordadas y con poca tolerancia a la regla. Antes de pretender que nuestros jóvenes dominen la Ciencia, tenemos que volver a tejer la red de autoridad, convivencia y escucha que permita, sencillamente, empezar la clase en paz.
En base al artículo de Camila Súnico Ainchil publicado en La Nación
