Parece el guion de una película, pero pasó en la vida real. La encuadernación de un códice antiguo escondía diez papiros, y hoy, más de un siglo después de su hallazgo, seis de ellos siguen mudos porque nadie logra identificar su lengua.
Imaginate que estás ordenando la biblioteca y encontrás un billete viejo usado como marcador. Ahora, eleva esa sensación a una potencia histórica y científica absoluta. Eso es, más o menos, lo que pasó en 1919 en el Archivo Capitular de la catedral de Barcelona. Al examinar con lupa la encuadernación de un venerable códice del siglo VIII, los investigadores se toparon con un secreto alucinante: la tapa posterior no solo tenía cuero y costuras, sino que escondía, en delicados pliegues, diez fragmentos de papiro.
Acá es donde la historia se pone picante. Pasó más de un siglo y la ciencia está contra las cuerdas. De esos diez papiros, seis siguen sin poder descifrarse. Y no es porque la tinta se la haya comido el tiempo, no señor. Están ahí, visibles. El problema es que los mayores especialistas del mundo ni siquiera se ponen de acuerdo sobre en qué lengua están escritos. Son mudos que nos gritan en un idioma olvidado.
El «reciclaje» que salvó la historia
El libro «cómplice» que guardó el secreto es conocido como las Homilies de Sant Gregori (el manuscrito 120 del archivo). Es un códice precioso, escrito en letra uncial —esa mayúscula elegante y redondeada típica de la época—, que reúne textos de Gregorio Magno y actas de un sínodo romano del año 595. Ya en 1918, el estudioso Ramón Gil y Miquel había avisado que era viejo, anterior al siglo VIII.
Pero, ¿por qué había papiros adentro de la tapa? Para entenderlo, tenemos que humanizar a los monjes que hacían estos libros en la Alta Edad Media. Imaginen el scriptorium: los materiales eran carísimos y no se tiraba nada. Cuando encuadernaban un volumen nuevo, usaban pergaminos o papiros viejos, que ya no servían como texto, para rellenar y darle fuerza a las tapas de cuero. Era puro reciclaje pragmático.
Gracias a ese «descuido» ecológico, la tapa se convirtió en un sedimento documental alucinante. Capas y capas de escritura de distintas épocas, unas encima de otras, pegadas solo para que el libro no se desarmara. Abajo de los papiros había un pergamino del siglo XI con reglas benedictinas; encima, otro pergamino con textos de San Gregorio. Un caos cronológico maravilloso.

De Barcelona al Vaticano (y el pelpa que se «perdió»)
La cosa se mueve en 1927. La catedral de Barcelona, consciente de que tenía algo importante entre manos, mandó los papiros a la Biblioteca Apostólica Vaticana para que los restauraran. Gobernaba Pío XI, un papa que antes había sido bibliotecario y la tenía clara con estos materiales.
El laburo recayó en una verdadera «leyenda» de la papirología: el berlinés Hugo Ibscher. Este tipo es considerado el padre de la restauración moderna de papiros. Desarrolló las técnicas para desenrollar y estabilizar fragmentos que parecían ceniza, trabajando con piezas míticas como los papiros de Elefantina. Que Ibscher tocara los papeles de Barcelona te da la pauta de la importancia que le dieron en el Vaticano.
Terminado el laburo, el Papa ordenó devolver todo a Cataluña. Los diez papiros volvieron, montados entre cristales, tal como se ven hoy. Pero —siempre hay un pero— la restitución no fue completa. Un pergamino se quedó «custodiado» en el Vaticano por el cardenal Giovanni Mercati y, entre guerras y cambios políticos, nunca pegó la vuelta.

Los seis «malditos» trazados a pincel
Vamos a lo importante: ¿qué dicen los benditos papeles? De los diez, hay dos que sabemos qué son, aunque nadie los editó todavía. Uno es un documento real merovingio (esa dinastía franca que gobernó parte de Europa) del siglo VII, con una letra cursiva finita. El otro tiene cursiva romana nueva de los siglos V o VI.
Pero los otros seis… esos son harina de otro costal. A diferencia de la letra fina de los otros, estos están escritos con trazos gruesos, dibujados a pincel. Algunos hasta tienen restos de letras latinas en el reverso, lo que delata que los reciclaron antes de volver a reciclarlos en la tapa. O sea, un reciclaje al cuadrado.
¿Qué son? El filólogo Anscari M. Mundó los dató entre los siglos V y VII y tiró una hipótesis: podría tratarse de lo que se conoce como Stempelschrift o protocolo. Eran marcas de fabricación que se ponían al principio de cada rollo de papiro para identificar la fábrica, el tipo de material y la fecha. Es una práctica documentada en el Egipto bizantino.
El drama es que quedan poquísimos ejemplares de esto en el mundo, y los de Barcelona son, probablemente, de los más grandes conocidos. Son tan raros que ni los expertos se animan a confirmarlo. Montserrat Tudela y Teresa Noël, autoras del estudio más reciente, confesaron que dudaron muchísimo antes de proponer esa etiqueta, simplemente porque no encontraron nada mejor.
Imaginen el tamaño: uno mide 34 por 19 centímetros. Otro, el mejor conservado, tiene 32 por 19,5 y todavía lleva pegada al cristal la etiqueta original de la restauración vaticana de 1927, firmada por el mismísimo Hugo Ibscher. Sospechan que la etiqueta quedó al revés cuando armaron el sándwich de cristal, un detalle que muestra lo artesanal de esas primeras restauraciones.
Barcelona, potencia papirológica silenciosa
Montserrat Tudela, que lidera el Inventario Papirológico de Cataluña, sigue quemándose las pestañas para descifrar estos seis textos mudos. Sabe que tiene entre manos una de las colecciones más grandes y mejor conservadas del mundo que jamás ha sido editada.
Lo lindo de esto es que este hallazgo no es una isla. Barcelona es una pieza clave en un mapa papirológico español mucho más grosso de lo que creemos. Cataluña alberga tres de las grandes colecciones del país: la de la Catedral, la de la Abadía de Montserrat (con más de 1.500 piezas) y la colección Palau-Ribes (con más de 2.000 manuscritos). Sumando la de la Fundación Pastor en Madrid, tenemos materiales en griego, copto, latín, árabe, demótico, hierático y jeroglífico.
En ese contexto, toparse con algo que nadie logra identificar no es una locura, es parte del laburo diario. Mientras tanto, los seis papiros siguen ahí, en el Archivo Capitular, montados entre vidrios. Están visibles, sí, pero callados, esperando que la ciencia termine de averiguar qué demonios quiso decir, hace más de mil trescientos años, esa mano que trazó a pincel unos signos sobre un rollo de papiro en algún rincón del Mediterráneo.
Fuente:
Montserrat Tudela, Teresa Noël, Inventari papirològic de Catalunya (II): Els papirs de la catedral de Barcelona. Auriga, Revista de divulgació del món clàssic, núm. 48, tardor 2007
Arxivers la DaDa, ArxiRuta: l’Arxiu Capitular de Barcelona
Fàbrega Grau, Àngel. «Còdex 120, segle VII-VIII: Homilies de sant Gregori el Gran: Llibre II». Scrinium. Publicació periòdica de l’Arxiu i Biblioteca Capitular de la S.E. Catedral de Barcelona, 2022, núm. 1, p. 29-47
