El veterano explorador de la NASA tropezó con una serie de fosas anchas, chatas y completamente vacías en las laderas del monte Sharp que descolocaron a los geólogos espaciales. Cómo hicieron para reconstruirlas en tres dimensiones a millones de kilómetros de distancia y por qué este suelo marciano cambia de personalidad a cada centímetro.
Cuando un robot lleva catorce años pateando el mismo desierto helado a más de doscientos millones de kilómetros de casa, lo esperable es que las sorpresas empiecen a escasear. Desde que tocó el suelo del cráter Gale en agosto de 2012, el rover Curiosity de la NASA le sacó radiografías a miles de piedras, perforó lechos de ríos secos y documentó con paciencia artesanal cada capricho del viento marciano. Sin embargo, el planeta rojo se guardaba una carta desconcertante bajo la manga.
Durante las maniobras correspondientes al sol 4.989 de la misión —el equivalente al 19 de agosto de 2026 en nuestro calendario—, las cámaras del vehículo registraron una formación geológica diminuta pero inédita. Se trata de un conjunto de fosas en la roca que rompieron todos los patrones previos del catálogo marciano.
En la geología de Marte, toparse con un hueco en la piedra no es ninguna novedad. Por lo general, cuando un sedimento se consolida, pequeñas piedritas o granos minerales más duros quedan atrapados en la matriz rocosa; con el correr de los eones, el viento y los cambios térmicos aflojan ese grano, la piedrita salta y deja en su lugar un pocito redondo y cóncavo, exactamente con la forma del objeto que lo moldeó.
Pero lo que apareció ahora frente a los sensores del Curiosity no responde a esa lógica: son cavidades sensiblemente más anchas, con fondos curiosamente planos y, lo más intrigante de todo, sin el menor rastro visible de qué corno estuvo alojado ahí adentro antes de desaparecer.

| NASA/JPL-Caltech/MSSS
Un centímetro bajo la lupa robótica
La primera de estas formaciones singulares mide apenas cerca de un centímetro de diámetro, pero para los científicos de la misión tiene la densidad de una biblioteca entera por descifrar. Apenas el rover envió las primeras alertas, el equipo de operaciones activó el Mars Hand Lens Imager (MAHLI), la potente cámara microscópica montada en el extremo de su brazo articulado de dos metros de largo.
«Las vemos como un nuevo rompecabezas sobre cómo se ha desgastado esta capa de rocas del monte Sharp», sintetizó Michelle Minitti, investigadora adjunta del instrumento MAHLI, al coordinar los análisis visuales.
Para desentrañar el misterio sin tocar físicamente la muestra, Minitti y su equipo orquestaron una coreografía óptica de alta precisión: combinaron las tomas microscópicas de MAHLI a ras del suelo con los lentes telescópicos de la Mastcam, la cámara panorámica ubicada en lo alto del mástil del robot. Tomando decenas de fotografías superpuestas desde ángulos ligeramente desfasados, los especialistas lograron reconstruir la microtopografía de la fosa en tres dimensiones, buscando entender si el desgaste fue provocado por corrientes de agua pretéritas, ráfagas de polvo abrasivo o la disolución química de sales minerales que se evaporaron sin dejar huella.
El terreno donde las reglas cambian a cada paso
El hallazgo se produjo en un tramo especialmente caprichoso de la travesía. Curiosity viene trepando las faldas del monte Sharp —un gigantesco montículo de sedimentos de cinco kilómetros de altura en el centro del cráter— atravesando capas que cuentan la transición de un Marte húmedo y habitable hacia el desierto estéril actual.
En esta zona en particular, el paisaje parece no tener coherencia fija. Los geólogos registraron estratos sedimentarios que alteran radicalmente su textura, color y dureza en distancias de apenas unos pocos centímetros. El rover sorteó lomas bautizadas informalmente como Cordillera, Tolhuaca y Potosí —ubicadas al sur de la formación Valle Grande—, topándose con misteriosos bloques grisáceos mucho más resistentes que la roca arcillosa que los rodea, los cuales sobresalen del suelo como huesos petrificados.
Hacer ciencia en otro mundo, claro está, nunca es un camino recto. Durante este último ciclo de trabajo, el equipo de la NASA llegó a perder un día entero de operaciones debido a una falla imprevista en la antena de recepción de datos en la Tierra. Pese al contratiempo, los ingenieros reconfiguraron los paquetes de comandos y lograron ejecutar el plan de exploración sin sacrificar ninguna de las observaciones programadas.
El centímetro de roca que hoy desvela a los laboratorios de Pasadena no es solo una curiosidad para coleccionistas de fósiles espaciales. Representa una pieza clave para entender las últimas etapas de erosión de un planeta que, justo cuando creíamos tenerlo medianamente catalogado, nos recuerda que su historia geológica todavía se escribe en letra chica y con renglones torcidos.
