Alerta humedales

La bajante histórica del Paraná afecta no sólo al río sino también a los bañados, esteros y lagunas de sus alrededores que viven gracias a él. Juntos conforman un ecosistema que da vida a cientos de especies. Hoy estos ambientes están sufriendo la falta de agua. Además, algunas actividades humanas agravan el panorama.

«Los humedales del Paraná están en una situación dramática y comprometida. No necesariamente terminal, pero tardarán en recuperarse», anticipa Roberto Bó, director del Grupo de Investigaciones en Ecología de Humedales (GIEH) de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.

Es que la bajante, extrema en intensidad y duración, no sólo afecta al segundo río más largo de Sudamérica, sino a sus alrededores, que viven de él. Se trata de esos bañados, esteros, o lagunas de variadas dimensiones que sin agua pierden sentido hasta sus nombres.

Conviven, se necesitan. Es que el río y los humedales forman un todo. De la combinación de ambos vive el sábalo. «Representa entre el 75 y el 85 por ciento de la biomasa de peces del Paraná, es su principal especie. ¿Qué le pasa? Para reproducirse larga sus huevos al río y, a través de sus afluentes, esos huevos llegan a las lagunas o humedales interiores de las islas donde hacen eclosión, se crían y crecen. Una vez que se han desarrollado en esas aguas tranquilas y están listos para enfrentar el resto de sus vidas, necesitan una creciente que los busque y los lleve de vuelta al río».

Pero esa inundación no llega y ya lleva más de dos años de demora. «Entonces, el sábalo no puede dar el salto al río. Además de que no logra sobrevivir si se secan las lagunas. Se termina muriendo, y condiciona a un montón de otros animales, sus consumidores y demás constituyentes de las cadenas alimentarias, generando un desequilibrio muy importante en todo el sistema», subraya Bó, biólogo y docente investigador del Departamento de Ecología, Genética y Evolución (EGE) de Exactas UBA.

Cigüeñas y garzas escapan volando ante la falta de comida.
Fotos: Roberto Bo

Esta situación la sufren, por ejemplo, las garzas y cigüeñas que «comen las crías y estadios jóvenes de sábalo», describe. Ellas, a diferencia de otras especies, pueden escapar volando ante la falta de agua y comida. «No necesariamente mueren sino que se van pero no sabemos cuándo volverán y si, efectivamente, llegan a un buen lugar para poder cubrir mínimamente sus requerimientos de hábitat, ya que la sequía y la bajante del río está afectando a toda la cuenca del Paraná. Los ensambles de aves de la región -advierte- seguramente experimentarán cambios en el futuro próximo y, eventualmente, podrían producirse algunas extinciones locales».

El paisaje cambia y los efectos son complicados también para el coipo. Bó y su equipo ya lo comprobaron durante otra sequía ocurrida años atrás. «No sólo bajó la densidad de este roedor herbívoro, sino que se produjeron fallas reproductivas importantes tales como menores porcentajes de preñeces en las hembras y menores tamaños de camada. Su normalmente alta productividad natural se vio afectada porque variaron sustancialmente las condiciones del hábitat. En esa ocasión, tuvimos la suerte de que vino una inundación importante relativamente rápido, pero recién dos años después detectamos cierta recuperación en sus números poblacionales habituales. Ese fue un evento menos extremo que el actual y estamos hablando de un animal que se banca bastante las situaciones críticas. Así que es poco alentador imaginar qué pasará con otras especies animales menos adaptadas a estas secas insólitas para el humedal», desliza.

Los coipos se ven obligados a trasladarse hacia el sur donde sus poblaciones no prosperan.
Fotos: Roberto Bo

Mal llamado nutria, el coipo vive en el agua, construye sus nidos allí y se alimenta de plantas acuáticas que «hoy no tenemos o están totalmente secas», dice Bó. En el Delta no tiene predadores, pero en el Paraná Medio debe escapar para no ser bocado de yacarés, gatos monteses o boas. Aunque esto también, al parecer, está cambiando. «Por distintas cuestiones, de tipo térmico (porque todo se está ‘tropicalizando’ por el cambio climático), o por hambre, dado que la bajante los obliga a migrar, estos animales también se trasladan. Recientemente, he visto fotos de yacarés bastante más al sur de la provincia de Entre Ríos, en lugares donde habitualmente no están o sus poblaciones no prosperan. Esto se debe a este desequilibrio».

Falta agua, sobra fuego

Las subidas y bajadas del Paraná marcan el ritmo de vida en este cauce de más de cinco mil kilómetros de recorrido. Pero la falta de crecidas alteró las relaciones. «Los componentes de la vegetación y fauna que viven en los humedales se afectan. Y también las interacciones entre ellos. Entonces, el sistema no funciona o lo hace mal», insiste.

Roberto Bo trabajando en el humedal.
Fotos: Roberto Bo

¿Cómo revertir esta difícil situación? «Lo bueno del Paraná -destaca- es su alta capacidad de resiliencia natural pero, para ello, necesitamos que recupere su natural equilibrio dinámico de crecientes y bajantes. Haría falta que, relativamente pronto, venga una gran inundación que recicle y refertilice el sistema, ayudando así a una más rápida recuperación. Si eso no pasa, las perspectivas son complicadas, por lo menos en el corto plazo».

Hasta tanto la sequía amaine y la gran crecida llegue, mucho es lo que puede hacer la población. «Básicamente, no tenemos que potenciar los efectos negativos de la sequía y la bajante con nuestras obras y actividades. Si, en este particular momento, quemamos los campos porque pensamos que así recuperaremos el pasto más rápido para nuestro ganado, si sobrepastoreamos, si sobrepescamos, si dejamos que avance la frontera agrícola pretendiendo sembrar soja (como si los humedales fueran ambientes de tierras altas) o tratamos de hacer mega emprendimientos inmobiliarios sobre las superficies afectadas, las perspectivas de recuperación son peores», remarca.

Aspecto de un bañado en un año normal.
Fotos: Roberto Bo

Los fuegos que, desde hace más de un año y medio, siguen afectando a la región encuentran pajonales secos y ardorosos. Y donde antes el agua los cubría en parte, ahora estas comunidades vegetales están al desnudo por la sequía. «Se están destruyendo hasta 20 centímetros de materia orgánica de la capa superior del suelo y esto tarda un montón en recuperarse», subraya. «Por otro lado, en estos incendios, los arroyos o pequeños riachos hacían, habitualmente, de contrafuegos naturales para detener el avance de los incendios pero ahora desaparecieron y no hay agua natural para amortiguar las llamas».

De acuerdo con el investigador, dejar de afectar aún más un ambiente alterado es un paso básico a realizar, así como lograr la sanción del demorado proyecto de Ley de Presupuestos Mínimos para la Conservación de los Humedales. «Desde 2012 estamos tratando de que el Congreso Nacional la apruebe. Y temo que si no se trata este año, nuevamente perderá estado parlamentario. Con la ley se puede planificar y ordenar mejor lo que los humanos hacemos para no generar mayores problemas. Ahora se está prendiendo fuego todo de nuevo y, otra vez, nadie será responsable. Se trata de una legislación que, tal como su nombre lo indica, presupone arreglos mínimos. Nos tenemos que poner de acuerdo sólo en cuestiones básicas. No prohíbe hacer cosas en los humedales, sino que, simplemente, deben hacerse bien», concluye.

Fuente: NeX Ciencia

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