La chica de los ratones

Hace más de veinte años que la bióloga Isabel Gómez Villafañe sigue de cerca a los roedores, en especial, a los que transmiten hantavirus, una enfermedad que puede ser letal. Con un equipo casi detectivesco busca sus rastros, los analiza y brinda pautas para prevenir contagios. Acostumbrada a tomar riesgos, también prueba con fuego. Con incendios programados, intenta recuperar la fauna nativa.

Por Cecilia Draghi

Cuando va de campaña a la Mesopotamia o al norte de la Argentina, la gente del lugar suele llamarla como «la chica de los ratones». Pero ella, hasta 1998, no les había prestado especial atención a estos animales. «Fue medio por casualidad. Era estudiante de Biología en Exactas y me interesaba -recuerda- el tema de plagas. Hasta que vi un cartel en el ascensor de la facultad en el que pedían personas para trabajar con roedores. Ahí asocié ratones con plagas y me contacté». De ese modo, Isabel Gómez Villafañe encontró parte de su destino en el Laboratorio de Ecología de Poblaciones de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, donde colabora hoy -ya doctora, y dirigiendo numerosas tesis-, en lo que es su pasión: hacer ciencia aplicada, lograr que los conocimientos mejoren la calidad de vida de las personas.

Foto: Gentileza Isabel Gómez Villafañe.

Ella sigue hace décadas a este ratón colilargo de apenas 30 gramos, que puede cargar con el hantavirus y diseminarlo a través de su saliva, orina o heces. A veces, el contacto directo o inhalar las secreciones secas en un lugar contaminado desatan la enfermedad en los humanos de todo el mundo. «En Europa y Asia, suele producirse el síndrome renal por hantavirus que es menos potente y letal que el síndrome pulmonar que se da en América, desde Estados Unidos hasta Argentina. El ratón que lo transmite es distinto según la zona», precisa.

En nuestro país se registran unos cien casos por año de esta dolencia y, algunos de ellos, resultan fatales. Como ocurrió en 2007, en Entre Ríos. En un camping del Parque Nacional El Palmar, una familia que disfruta de vacaciones descubre, de pronto, un visitante inesperado en su carpa: un pequeño ratón al que el padre desaloja con éxito. Todo hubiera concluido en una anécdota para las charlas de fogón si, de regreso en Buenos Aires, los dolores de cabeza y malestares que se confunden con una gripe, no hubieran llevando al hombre a una guardia sanitaria. Y provocado, al poco tiempo, su muerte.

Este hecho llevó a las autoridades locales a convocar a especialistas del Instituto Malbrán y de Exactas UBA para estudiar cuál era el cuadro de situación donde había ocurrido el desafortunado encuentro. Hacia allí, a bordo de la camioneta del laboratorio dirigido por María Busch, partieron cargados con máscaras, trampas y todo lo necesario para hacer un mapa de riesgo. «Cuando uno sabe qué especie es, dónde habita, es más fácil encontrar las medidas de prevención», señala.

Foto: Gentileza Isabel Gómez Villafañe.

Tenían cinco días de tiempo y jornadas tan largas como la ropa. Iban totalmente tapados, desde la cabeza hasta las botas de los pies, para evitar contactarse con los parásitos que están dando vueltas. «Uno va con la misma vestimenta, así la temperatura sea de 5 ó de 40 grados», describe la investigadora de CONICET.

Tampoco debían olvidar la máscara ni las trampas para colocar cada diez metros alrededor del camping. Y, si hay mulitas, peor. «Es el trabajo más duro físicamente -indica-. Uno debe cargar bolsas con mucho peso y, de golpe, uno mete toda la pierna en un agujero. Uno cae hasta el fondo por un pozo de mulita». A la mañana siguiente, repetirán el circuito para recoger los ratones atrapados. Será bien temprano «porque si bien le ponemos algodón para protegerlos, si hace mucho frío pueden morirse», dice.

Ya con los roedores en sus manos, el equipo científico los mide, determina el sexo, les coloca una caravana con número en la oreja para identificarlos si son recapturados, y le extrae una gota de sangre para el análisis. Los primeros resultados mostraron que no estaban infectados y, por ello, necesitaron ir dos veces más. En algún caso, debieron sacrificar al animal y congelar sus órganos en nitrógeno líquido a -80°C, «porque se requiere mantener bien fría la muestra para poder secuenciar qué tipo de virus porta».

Al fin, «logramos identificar la especie del ratón y el genotipo del virus. Lo informamos al Parque. A partir de ahí, se empezó un ordenamiento del camping. Se podaron ramas, porque se observó que allí se refugiaban los ratones. Se limitaron zonas de acampe lejos de la vegetación, dejando áreas despejadas porque estos animales no se animan a andar largos tramos desprotegidos, pues los pueden ver y cazar. Los tachos de basura fueron tapados para evitar visitas ocasionales. Se puso veneno en lugares puntales como los baños porque usaban el papel higiénico para anidar», enumera entre otros cambios adoptados, y agrega: «Después de estas medidas, hicimos un seguimiento y vimos que disminuyó su abundancia».

Foto: Gentileza Isabel Gómez Villafañe.

Simpático, el chiquitín

No todas las especies de ratones transmiten hantavirus. Por ahora, en la Argentina se detectaron seis. Y hacia ellas apunta el equipo científico en los estudios sobre este animal de amigable aspecto. «Es tan lindo, y ese es el problema. Porque la gente del lugar -señala- no le tiene miedo al verlo tan chiquito y simpático». Rápido, escurridizo, le gusta salir al anochecer y tiene buen olfato. Pero no vive más que un año. «No muere de viejo, sino que algo le pasa. O lo caza un zorro o un búho, o lo mata el frío o calor extremo», marca.

Movedizo, pero ¿por dónde? Para seguir su rastro, ella junto con colegas, fueron al Parque Nacional Ciervo de los Pantanos y al Pre-Delta, donde también habían registrado casos de pescadores infectados por hantavirus, una enfermedad que no tiene vacuna aún. Y vivieron una situación de gran riesgo. «La idea era colocarles radio-collares para seguir sus desplazamientos. Acampamos en una zona rodeada de colilargos. Elegimos un lugar abierto para que no hubiera vegetación cerca y cerramos todo el tiempo la carpa, de modo muy hermético, para que no pudiera meterse ningún ratón. Esa fue la zona más peligrosa en la que estuvimos», relata.

Sabían que, lona de por medio, estaban durmiendo con roedores inquietos. Si bien seguían sus pasos y distancias acumuladas, desconocían si alcanzaban a trepar porque los aparatos informan del lugar, pero no la altura. Y tenían, hacía tiempo, dudas para aclarar: ¿Por qué tras las inundaciones, solían observar más ratones colilargos en las islas que de cualquier otra especie? Entonces, optaron por un sistema de finas cintas. En verdad, era un hilo de nylon que debían pegar al lomo, y que se desplegaba por más de 200 metros a medida que el animal andaba de aquí para allá, y como una estela quedaba marcada su trayectoria en distintos colores. Es que cada carretel tenía un tono distinto para identificar claramente los movimientos.

«Luego, una sostiene el hilo de un lado, y otra persona lo encuentra del otro y, con el GPS, dibuja el recorrido. Esto, en ocasiones, es muy difícil por la vegetación. El ratón pasa fácil a través de las ramas, pero para una que tiene decenas de veces más de tamaño, se complica», precisa, y enseguida recuerda: «Era un pajonal, tan, tan cerrado; y la trama de pasto, muy fuerte. Con guantes intentaba meter la mano, pero no podía. Lo mismo hacía del otro lado mi colega. En un momento, tocamos algo raro. Abrimos toda la vegetación para ver, y descubrimos una víbora».

Sorpresa a la vista, como la aparición de ese mapa de hilos de colores entrecruzados que abría un mundo desconocido. «Había muchas especies caminando por el mismo lugar. Eran como avenidas. Y, también, vimos que trepaban bastante alto, por eso sobrevivían a las inundaciones y eran de los primeros que bajaban de las alturas cuando se retiraban las aguas», devela.

Cada detalle de la vida de estos roedores suma conocimiento para la prevención. «Advertimos a los pobladores que no dejen herramientas ni monturas sobre árboles, por suponer que no llegan hasta esa altura, porque sí lo hacen. Lo mismo es importante evitar acercar la cara al tronco porque se puede inhalar restos de las secreciones. También sugerimos cortar el pasto luego de que el sol haya pegado un rato sobre la vegetación, porque el virus se inactiva ante los rayos ultravioletas», menciona quien confiesa que ya mira el paisaje con «ojos de ratón». Se le hizo hábito pensar qué haría su objeto de estudio ante tal o cual escenario. «Yo me quedaría en este pastizal», dice poniéndose en el lugar de un colilargo.

Comprende tanto lo que buscaría un ratón a la hora de habitar un lugar, que casi siente que lo intuye, pero en verdad, son años y años de observación acumulada que, combinada con tecnología, puede predecir peligros. «Al conocer a las especies hospedadoras de hantavirus en la Argentina podemos anticipar qué lugares podrían habitar. Si sabemos que le gusta tal ambiente, uno con imágenes satelitales puede proyectar por dónde podría estar la población del ratón, y entonces, cuáles serían las zonas de riesgo. Lo estamos haciendo por provincias. Ya lo efectuamos en Entre Ríos, y lo estamos realizando para Buenos Aires y Misiones. Aprovechamos nuestros datos para subir a una escala más regional», sintetiza.

Incendios a pedido

«¿Por qué no se ven tantos ñandúes?» La pregunta surgió en una de las charlas con las autoridades del Parque Nacional El Palmar. Isabel tomó el desafío y salió con la camioneta, binoculares en mano, a tomar nota en la libreta con lápiz porque «no se corre si llueve como sucede con la birome».

A pesar de su tamaño gigante, comparado con el del ratón, estas aves de más de un metro de alto «son muy difíciles de ver porque se mimetizan con el fondo. ¿Es un ñandú o una palmera seca? Para encontrarla, buscaba lugares con arena para visualizar más fácil sus huellas. Y detectamos que no eran tan pocas como suponíamos, y preferían sitios abiertos como pastizales, en vez de arbustales», cuenta.

Foto: Gentileza Isabel Gómez Villafañe.

Las conversaciones seguían en El Palmar. «El mismo intendente pensaba con razón que habían cuidado tanto del parque que ya casi no se producían incendios naturales. Caía un rayo y, si causaba fuego, enseguida lo apagaban», dice. Pero ¿si de modo controlado prendían ciertas áreas con una brigada especializada? «Les propuse hacer un experimento donde quemábamos ciertas parcelas y otras no, para estudiar la respuesta de la vegetación», subraya.

Botánicos e ingenieros agrónomos sumaron sus conocimientos al proyecto que mostró resultados. «El fuego fomentaba las gramíneas y controlaba los arbustos. Se vio que el ñandú usaba más los lugares que se habían incendiado, que otros más cerrados por donde no podía pasar. De este modo, volvió a aparecer en escena».

De vuelta a Exactas

Y siempre llega el momento de volver a la Ciudad Universitaria, al laboratorio, para cargar en la computadora todos los datos acumulados en la campaña, recrearlos de forma virtual, de modo que adquieran otra dimensión. Otro paisaje, no tan verde ni vivo, pero lleno de cifras, estadísticas, análisis que sumarán otro escenario superador. «Lo vemos a otra escala y aparecen cosas nuevas, además de debates enriquecedores entre colegas. Detectamos patrones que en el campo quizás no percibís. Por ejemplo, observábamos los ratones, la vegetación, pero no llegábamos a la pata de los predadores. Ahora, estamos juntando los restos de los ratones que han sido comidos por las lechuzas. Analizamos esos huesitos y nos ayudan a identificar especies. También, ponemos trampas cámara para registrar a los posibles predadores», apunta.

Nunca faltan nuevos interrogantes. Siempre surgen, más y más. Y pone algunos ejemplos: «Uno junta datos de varios años y compara si había mayor cantidad de ratones. ¿Esto es porque había más o menos temperatura? ¿Estará asociado con las precipitaciones?».

Entonces, emerge casi la última pregunta de la entrevista.

¿Qué es lo que más te atrae del trabajo?
Ir al campo, vivir tan cerca de la naturaleza contestando preguntas y convivir con la gente del lugar. Estar bajo las estrellas a la noche, cuando empiezan a salir todos los animales. Y luego, pasar a la computadora todos los datos y analizarlos hasta publicar luego los resultados. Pero que todo ese esfuerzo, no quede en un cajón. A mí me gusta la ecología aplicada.

Cuando «la chica de los ratones» era pequeña veía hormigas y trataba de que la gente no las pisara; o pasaba horas hipnotizada con una oruga esperando verla convertirse en mariposa. Su futuro lo soñaba acampando en el Amazonas. Hoy mira atrás, y sonríe: «No terminé tan lejos de esa imagen que tenía. No terminé tan lejos». Y vuelve a sonreír.

Fuente: NEX CIENCIA

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