Los chicles y su ciencia: ¿me lo trago o no me lo trago?

Todos hemos consumido, e incluso lo hacemos de forma habitual, chicles de diferentes marcas y sabores. Seguramente, algunas de esas veces nos hayan surgido preguntas como ¿de qué está hecho realmente un chicle? ¿puedo tragármelo?

El chicle o goma de mascar realmente es una goma masticable que presenta un sabor dulce. En la actualidad, la gran mayoría de los chicles son elaborados a partir de un tipo de plástico conocido como acetato de polivinilo, básicamente el principal compuesto de la cola blanca para pegar madera; o a partir de xantano, que es un azúcar producido por una bacteria denominada Xanthomonas campestris, patógeno de diferentes cultivos (coliflor, berza, brócoli, nabo, etc.).

A pesar de ello, originariamente los chicles comerciales se obtenían de la savia de un árbol denominado chiclero (Manilkara zapota), de ahí su nombre. El sistema para su recolección era el mismo que se utilizaba para el caucho. En primer lugar, se realizan cortes en la corteza del árbol en forma de zig-zag. La savia comienza a brotar y únicamente debe dejarse al final de los cortes un recipiente que recoja toda la savia. En un día se puede llegar a recoger más de un kilogramo por árbol. En cuanto pierde un poco de humedad, la savia se transforma rápidamente en una goma fácilmente maleable. Aunque el hecho de masticar diferentes gomas existe desde el Neolítico, por ejemplo, a partir de alquitrán, la adición de sabores azucarados no apareció hasta mediados del siglo XIX.

Savia del fruto de Manilkara zapota

El hecho de masticar chicle aporta numerosos beneficios a la salud humana. Al aumentar de forma constante y leve la actividad de la mandíbula, se consigue un mayor flujo de sangre a la cabeza y cerebro, con lo que se ha comprobado que se aumenta la capacidad de concentración y la memoria, y se reduce el estrés y la ansiedad. Por otro lado, se consigue reducir la acidez en la boca, al aumentar el flujo de saliva, muy importante en el desarrollo de enfermedades bucales. A pesar de estos beneficios, también existen inconvenientes para la salud por su consumo. Por su elevado contenido en azúcar, aumenta el riesgo a sufrir caries, de fácil solución, al sustituirla por edulcorantes artificiales, aunque el consumo de estos también puede derivar en problemas para la salud (indicados a continuación). Además, al mascar chicle durante mucho tiempo se fuerzan y desgastan las articulaciones mandibulares, modificando el cierre de la boca y provocando dolor de mandíbula.

Algunos de los edulcorantes artificiales sustitutos del azúcar que podemos encontrar actualmente en los chicles son el sorbitol y el xilitol, ambos polialcoholes. Estos edulcorantes, si son consumidos en exceso, pueden producir problemas gastrointestinales a tener en cuenta. Como no son digeridos por nuestro cuerpo alcanzan los últimos segmentos del intestino, donde las bacterias presentes los fermentan, produciendo gases, distensión abdominal y diarrea. Esta es la razón por la que en los chicles sin azúcar existe la advertencia de que pueden tener efecto laxante.

Estructura química del xantano

Una vez que tenemos totalmente claro lo que realmente es un chicle, ¿qué ocurre si nos lo tragamos? En este sentido, existen muchos mitos arraigados en la sociedad, como que se queda pegado al estómago durante años. Cuando nos tragamos un chicle de forma accidental, éste sigue el mismo camino que cualquier otro alimento: boca, esófago, estómago, intestinos y ano. La diferencia con respecto a otros alimentos, es que el chicle no tiene nutrientes que aportarnos, simplemente las enzimas de nuestro cuerpo no le afectan, por lo que, básicamente, en horas o días lo que entra por la boca saldrá por el ano, sin excesivos cambios.

Algo muy diferente sucede en el medioambiente, donde los chicles que desechamos una vez han sido masticados permanecen durante años. En concreto se calcula que un chicle puede tardar hasta 5 años en desaparecer en la superficie terrestre, pero hasta 15 años en el océano. Esto es debido a que no son biodegradables sino quimiodegradables por la acción del oxígeno (la concentración de oxígeno en el agua es menor que en el aire).

Por lo tanto, los actuales chicles son muchas veces gomas a partir de plástico con numerosos beneficios y perjuicios. A pesar de no provocar daños en nuestro aparato digestivo al ser tragados, los chicles no pueden ser consumidos y tragados de forma habitual, pues realmente no son un alimento.

Referencias bibliográficas y más información:

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Por Jorge Poveda Arias
Graduado en Biología. Doctor en Agrobiotecnología. Doctor en Ingeniería de Biosistemas. En la actualidad es investigador postdoctoral en la Misión Biológica de Galicia, perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España (CSIC), además de profesor colaborador en varias universidades españolas y latinoamericanas. Entre sus campos de interés, destacan la biotecnología, la agricultura, la alimentación, la microbiología, la entomología y la divulgación científica en general.

Publicado originalmente en Naukas

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