Científicos del CONICET lograron revertir el daño neuronal en etapas avanzadas usando terapia génica. La investigación, que arrancó gracias a un pesadísimo microscopio traído en barco desde Francia, propone que la enfermedad funciona como un contagio entre células y abre una puerta inédita para futuros tratamientos.
Imaginate que estás desarmando tu vida en Europa para volver a la Argentina y te ofrecen llevarte el microscopio con el que trabajaste durante años. En Francia, los laboratorios renuevan sus equipos con una frecuencia que acá nos resulta de ciencia ficción. Mariano Soiza Reilly no lo dudó un segundo. Además del microscopio, empacó un ultramicrótomo, un armatoste de una tonelada que es una verdadera pesadilla logística para cruzar el Atlántico.
Esa decisión, que podría parecer una simple anécdota de mudanza, terminó siendo la piedra fundacional de uno de los hallazgos neurocientíficos más esperanzadores de los últimos años en nuestro país. Instalado en su nuevo laboratorio del Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias (IFIBYNE, UBA-CONICET), Soiza Reilly pudo darle rienda suelta a una técnica rarísima y súper sofisticada llamada array tomography. Ese nivel de precisión le permitió ver la arquitectura del cerebro con un detalle brutal y, al poco tiempo, unió fuerzas con Elena Avale, investigadora del INGEBI (CONICET). Juntos se embarcaron en una misión monumental: buscar una terapia génica para las demencias.
Cambiar las reglas del juego: tratar lo que ya está roto
Históricamente, gran parte de la ciencia que estudia el Alzheimer y otras demencias pone sus fichas en la prevención. El problema en la vida real es que los pacientes llegan al consultorio cuando la enfermedad ya hizo estragos. «Trabajamos con patologías originadas durante la infancia, y difícilmente se apruebe un medicamento preventivo para niños», explica Soiza Reilly para graficar lo complejo que es el abordaje temprano.
Ahí radica la brillantez de este trabajo argentino. El equipo, integrado también por las becarias Rocío Foltran y Carla Argañaraz, no buscó prevenir el daño en ratones sanos, sino que inyectaron una terapia génica directamente en el cerebro de animales que ya tenían síntomas avanzados.
El blanco de este ataque fue la proteína Tau. En condiciones normales, esta proteína es como el andamiaje que mantiene firme la estructura de las neuronas. Pero en las demencias, algo se rompe, la proteína se desregula, se acumula en cantidades industriales y se vuelve increíblemente tóxica. Para frenarla, los investigadores inyectaron ARN de interferencia, una especie de «freno genético» diseñado a medida para bloquear la fabricación de esta proteína defectuosa.
Los resultados dejaron a todos con la boca abierta. Al bajar la expresión tóxica de Tau, vieron una remisión molecular y sináptica. O sea, el daño no solo se detuvo, sino que muchos de los parámetros neuronales literalmente se revirtieron, permitiendo que las células volvieran a funcionar.
El epicentro del contagio y un bisturí a escala nanométrica
Para entender por qué funcionó la terapia, los científicos tuvieron que ir a mirar lugares del cerebro que suelen ser ignorados. En vez de apuntar al hipocampo (la zona histórica asociada a la memoria), pusieron la lupa en la corteza prefrontal, el área ejecutiva encargada de funciones complejísimas.
Ahí descubrieron una mecánica fascinante. Notaron que la proteína Tau tóxica se acumula en los botones sinápticos, que son los puntos exactos donde una neurona hace «contacto» para pasarle información a la otra. La hipótesis que manejan hoy es que las neuronas empiezan a fallar porque se están comunicando mal, y que la proteína mutada viaja de una célula a otra como si fuera una infección. La corteza prefrontal sería el gran epicentro desde donde este contagio se expande al resto del cerebro.
Llegar a ver esto es un triunfo de la técnica pura. Acá es donde entra en juego aquel ultramicrótomo traído de Francia. Con este equipo, rebanan el tejido cerebral en cortes de apenas 70 nanómetros. A ese grosor, la materia gris se vuelve completamente transparente. Luego, le aplican marcadores fluorescentes y le sacan fotos en serie. Es un híbrido entre la microscopía electrónica y la fluorescencia que muy pocos logran dominar. De hecho, el nivel de Soiza Reilly con esta técnica lo convirtió en el único sudamericano invitado a formar parte de una red global financiada por la Chan Zuckerberg Initiative.
El puente hacia la medicina de todos los días
Lo más estimulante del trabajo de Avale y Soiza Reilly es su potencial traslacional, es decir, su capacidad para aplicarse en humanos. Al equipo no le alcanzó con ver que el gen se apagaba en el microscopio; también midieron la actividad neuronal en vivo.
Para lograrlo, le hicieron resonancias magnéticas a los roedores con el fin de evaluar cómo consumen glucosa. Este dato es vital porque muestra la demanda energética del cerebro y, lo más importante, es un estudio no invasivo que ya se hace habitualmente en los hospitales con pacientes humanos. El próximo paso de esta cruzada científica será encontrar biomarcadores tempranos. Si la ciencia logra detectar esa primera falla de comunicación en la sinapsis antes de que el daño sea irreversible, estaremos, por fin, un paso por delante de la enfermedad.
