Un exhaustivo informe de la OPS revela que el 40% de la población en las Américas convive con alguna condición neurológica. El avance de la medicina redujo la mortalidad, pero la carga se desplazó hacia la discapacidad crónica, exigiendo un cambio urgente en la prevención primaria.
Si hacés la prueba de mirar a tu alrededor en una oficina, un vagón de tren o una reunión familiar, el cálculo es matemático y alarmante: dos de cada cinco personas en nuestro continente conviven con al menos una afección neurológica o lesión del sistema nervioso. Estamos hablando de unos 470 millones de habitantes en las Américas que lidian a diario con diagnósticos que van desde migrañas invalidantes hasta enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer.
Los datos se desprenden de un revelador estudio publicado en la revista científica The Lancet Regional Health – Americas, liderado por investigadores de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y basado en los registros de la Carga Mundial de Enfermedad. El trabajo expone una paradoja propia de los tiempos modernos: la ciencia médica logró que la mortalidad por este tipo de patologías baje en forma sostenida desde 1990, pero el resultado colateral es que hoy más personas viven durante décadas con las secuelas y la discapacidad que estas enfermedades dejan a su paso.

Un mapa de dolencias que cambia según la edad
El impacto de las condiciones neurológicas no es uniforme y golpea de manera muy diferente según la etapa de la vida en la que nos encontremos.
- En la infancia: Entre los menores de cinco años, la mayor presión sanitaria responde a los defectos del tubo neural, la epilepsia y el diagnóstico temprano de trastornos del espectro autista (TEA).
- En la juventud y adultez joven: Las verdaderas reinas del estropicio cotidiano son la migraña y la cefalea tensional. Aunque muchas veces se las minimiza como «un simple dolor de cabeza», representan la causa principal de años perdidos por incapacidad laboral y deterioro de la calidad de vida.
- En la vejez: Las demencias —encabezadas por el Alzheimer— y los accidentes cerebrovasculares (ACV) concentran la aplastante mayoría de las muertes (1,1 millones registradas solo en 2023) y exigen una demanda de cuidados de largo plazo para la que pocos países están preparados.
«Hoy más personas sobreviven a los trastornos neurológicos, pero también viven más tiempo con sus consecuencias. Esto exige que los sistemas de salud se adapten para ofrecer más rehabilitación y apoyo continuo«, advirtió Ramón Martínez, especialista en métricas de salud de la OPS y autor principal de la investigación.
[ INFANCIA ] ──► Defectos del tubo neural, epilepsia y autismo
[ JUVENTUD ] ──► Migrañas y cefaleas (Pérdida de productividad)
[ VEJEZ ] ──► Alzheimer, demencias y ACV (Cuidado de largo plazo)
Salud Cerebral en las Américas
Impacto de los trastornos neurológicos en la población regional
Habitantes de las Américas que conviven con al menos un trastorno neurológico o lesión del sistema nervioso.
Porcentaje que representan los trastornos neurológicos sobre el total de la carga de enfermedad en la región.
Impacto anual de la pérdida de salud y autonomía (DALYs) provocado por estas patologías en 2023.
Diferencia entre los países con mayor y menor impacto, reflejando disparidades en diagnóstico y rehabilitación.
La presión arterial y el azúcar en la mira
La gran noticia que rescatan los científicos dentro de este cuadro complejo es que una porción enorme de estos trastornos se puede prevenir antes de que aparezca el primer síntoma. La salud del cerebro no depende de una lotería genética inmodificable; está íntimamente conectada con la salud cardiovascular y los hábitos de vida.
Por ejemplo, la hipertensión arterial se consolida como el factor de riesgo número uno para desencadenar un ACV, mientras que los niveles elevados de glucosa en sangre (diabetes no controlada) aceleran el deterioro cognitivo y potencian el riesgo de Alzheimer. A esto se le suman factores ambientales hasta hace poco desatendidos, como la exposición continua a la contaminación del aire y al plomo.
«Proteger la salud cerebral comienza mucho antes de que aparezcan las primeras manifestaciones clínicas. Una mejor prevención de la hipertensión, la diabetes, la obesidad y el tabaquismo generaría beneficios directos para la salud del cerebro«, remarca el doctor Anselm Hennis, director del Departamento de Enfermedades No Transmisibles de la OPS.
Un continente desigual frente al diagnóstico
El estudio de la OPS expuso además la profunda brecha social que atraviesa a la región. Existe una diferencia de casi cuatro veces en el impacto de estas enfermedades entre los países con mejor acceso a la salud y aquellos golpeados por crisis estructurales. Mientras las tasas más bajas de carga por discapacidad se registran en Puerto Rico y varios países sudamericanos, los índices más críticos se concentran en Haití, Guyana, Surinam, República Dominicana y Paraguay.
Estas disparidades no significan que el cerebro de un habitante del Caribe sea biológicamente más vulnerable que el de un sudamericano, sino que reflejan la escasez dramática de neurólogos, la falta de tomógrafos en hospitales públicos y la imposibilidad de acceder a terapias de rehabilitación o medicamentos esenciales.
Integrar los chequeos neurológicos básicos en las salas de atención primaria de los barrios y reforzar las redes de apoyo familiar no es un lujo presupuestario, sino una inversión urgente. Con una población regional que envejece a paso firme, cuidar la salud de nuestro sistema nervioso será la única garantía para que vivir más años signifique, también, vivirlos con autonomía y dignidad.
