Mientras un investigador europeo recibe un insumo clave en 24 horas, en nuestra región conseguir un simple reactivo puede demorar meses y exigir más de cien formularios. Un fenómeno que desgasta el talento y achica los horizontes de la ciencia local.
Imaginate a un piloto de Fórmula 1 que, en lugar de concentrarse en la pista para dominar las curvas a máxima velocidad, tuviera que frenar cada dos vueltas para rendir los tickets del combustible, traducir oficialmente los presupuestos de los neumáticos y hacer fila en el banco para autorizar el pago de los repuestos. Suena ridículo, ¿no? Sin embargo, esa es la realidad cotidiana de los científicos en América Latina. Hoy en día, hacer ciencia en nuestro continente exige pasar casi la mitad de la jornada laboral lidiando con carpetas, sellos y expedientes digitales.
Los datos duros son contundentes: en promedio, los investigadores de la región dedican entre el 30% y el 50% de su tiempo de trabajo a tareas netamente administrativas. Se trata de un verdadero impuesto invisible al intelecto. Cada hora invertida en rellenar planillas para justificar un viático es una hora menos dedicada a ensayar una vacuna, diseñar un software o analizar el impacto del cambio climático. El talento más calificado de nuestros países termina transformado en un costoso engranaje logístico de oficina.
Burocracia: El lastre invisible de la ciencia regional
Cómo el exceso de trámites y formularios frena la innovación en América Latina
Casi la mitad de la jornada laboral de los investigadores principales se diluye en rellenar rendiciones, viáticos y carpetas fiscales.
Caso testigo de un laboratorio regional que incluyó traducciones oficiales, triples presupuestos y múltiples visitas presenciales al banco.
Las normativas administrativas están diseñadas bajo un esquema de fiscalización contable rígido, ignorando la naturaleza experimental de la ciencia.
Para esquivar el calvario de las compras y la aduana, muchos expertos resignan la innovación disruptiva y eligen líneas de investigación más simples.
La odisea de importar un tornillo científico
La burocracia, por supuesto, es un mal global. Incluso en los Estados Unidos, los directores de proyectos financiados con fondos federales reportan perder un 42% de su tiempo en trámites de control. Pero la gran diferencia radica en el colchón presupuestario. Para los laboratorios latinoamericanos —que operan con presupuestos ajustados, infraestructura al límite y vaivenes económicos crónicos— las trabas administrativas se vuelven directamente paralizantes.
«Si necesito un reactivo —una sustancia química esencial para hacer los experimentos—, tengo que completar varios formularios, buscar proveedores y pedir tres presupuestos. Después viene el trámite de compra y el seguimiento, que puede tardar meses. Mientras tanto, un competidor en Alemania recibe ese mismo reactivo al día siguiente en la puerta de su laboratorio«, grafica el biólogo brasileño Daniel Martins-de-Souza, de la Universidad Estadual de Campinas.
La situación roza el absurdo en los trámites de importación de alta complejidad. El químico Aldo Zarbin, de la Universidad Federal del Paraná, relató que para ingresar un equipo clave a su laboratorio debió presentar la increíble cifra de 117 documentos impresos, incluyendo traducciones oficiales firmadas y justificaciones hiperdetalladas. Como el sistema bancario le imponía límites diarios de transferencia, tuvo que acudir en persona al banco cuatro veces para completar un único pago. Todo esto mientras dictaba clases, guiaba tesis de posgrado e intentaba, en los baches libres, hacer ciencia de vanguardia.
El peligro silencioso de la «fuga de ambición»
El verdadero drama de este laberinto de papeles no es solo el cansancio de los científicos o el desestímulo motivacional que describe Silvana Ravía, coordinadora en la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (SENCI) de Uruguay. Hay una consecuencia mucho más grave que está alterando la matriz del conocimiento regional: el achicamiento de los objetivos.
Frente a la pesadilla que representa importar instrumental o renovar la infraestructura de un laboratorio, muchos investigadores tiran la toalla antes de empezar. «Ante las dificultades operativas, muchos expertos terminan modificando sus líneas de investigación hacia temas menos complejos, más sencillos y de menor riesgo técnico«, advierte Francilene Procópio Garcia, presidenta de la Sociedad Brasileña para el Progreso de la Ciencia. Esto congela la innovación disruptiva, que por definición requiere abrazar la incertidumbre y el error experimental.
Cambiar la desconfianza por la gestión profesional
¿De dónde sale esta obsesión por el trámite eterno? Los especialistas coinciden en que las instituciones públicas de la región sufren de la «cultura del riesgo cero». Los organismos de control diseñan los procesos pensando exclusivamente en fiscalizar y auditar de forma punitiva, en lugar de facilitar la producción científica. El investigador arranca bajo sospecha y debe demostrar permanentemente que está cumpliendo las reglas del subsidio, duplicando informes que muchas veces nadie lee.
La salida a esta encerrona no pasa por eliminar los controles —que son necesarios para la transparencia de los fondos públicos— sino por profesionalizar la gestión de los proyectos. «Las universidades deberían contar con unidades especializadas en compras científicas, importaciones y trámites aduaneros«, sostiene María Quintana, directiva de la Universidad Nacional de Ingeniería del Perú. El científico debe liderar la hipótesis, no la logística del flete.
Uruguay ya dio los primeros pasos integrando mesas de revisión burocrática en su Plan Estratégico Nacional de Ciencia. Si América Latina quiere dejar de ser una simple proveedora de datos para proyectos diseñados en el hemisferio norte y convertirse en líder de sus propias agendas, urge desatar las manos de sus investigadores. La ciencia es riesgo, exploración y descubrimiento; pretender gestionarla con la rigidez de un mostrador de mesa de entradas es condenarla de antemano a la irrelevancia internacional.
