La industria de la construcción tradicional depende de materiales altamente contaminantes como el poliuretano y la lana de vidrio. Para revertir este daño ambiental, un equipo interdisciplinario de investigadores argentinos logró biofabricar paneles termoacústicos utilizando los residuos leñosos de las bodegas mendocinas entrelazados con el micelio de los hongos. Un avance espectacular que impulsa la economía circular y la transición energética del país.
Cuando pensamos en el aislamiento térmico y acústico de nuestras casas, solemos imaginar gruesas planchas de poliestireno expandido, espumas de poliuretano o rollos de lana de vidrio. Aunque estos materiales cumplen maravillosamente su función de mantenernos abrigados en invierno y frescos en verano, esconden un costo ambiental altísimo. Se elaboran a partir de recursos no renovables y su fabricación demanda cantidades brutales de energía, generando una contaminación atmosférica silenciosa pero letal.
Para romper con este ciclo tóxico, un equipo de especialistas del CONICET en el Instituto de Ambiente, Hábitat y Energía decidió buscar respuestas en la propia naturaleza. Su objetivo fue desarrollar un material de construcción sustentable, económico y cien por ciento biodegradable, y encontraron la solución perfecta uniendo el reino Fungi con los residuos de la histórica industria vitivinícola de Mendoza.
Construcción Viva
El ciclo del nuevo biomaterial del CONICET
🍇
Residuos de PodaEl sustrato principal proviene de los desechos leñosos de las bodegas vitivinícolas, aprovechando su alto contenido natural de lignina para dar estructura. |
🍄
Pegamento BiológicoEl micelio de los hongos se cultiva sobre la madera. Sus filamentos microscópicos se entrelazan químicamente creando un bloque sólido y uniforme. |
🌡️
Escudo TermoacústicoLos ensayos de laboratorio demostraron una altísima capacidad para aislar los cambios bruscos de temperatura y absorber los ruidos molestos urbanos. |
♻️
Economía CircularTransforma un residuo de la agroindustria local en un insumo tecnológico de alto valor, reduciendo la huella de carbono de la construcción civil. |
La magia de la biofabricación
El innovador proyecto se centra en cultivar el micelio de ciertos hongos (la parte vegetativa y subterránea de estos organismos) directamente sobre una biomasa compuesta por los desechos leñosos de la poda de las vides. Una bodega local provee estos restos orgánicos que antes se consideraban simple basura agrícola.
Maira Terraza, becaria doctoral del proyecto, detalla que el micelio funciona como un pegamento biológico infalible. Al crecer, el hongo crea una red microscópica de filamentos llamados hifas. Estos filamentos se ramifican, se fusionan entre sí y se integran químicamente con la madera de la vid, consolidando todas las partículas sueltas hasta generar un bloque sólido, liviano y extremadamente resistente.
La elección de los restos de viñedos no fue casualidad. La composición de esta madera posee niveles muy altos de lignina, un polímero natural que le otorga a este biomaterial argentino una integridad estructural muy superior a la de otros compuestos creados con hongos en el resto del mundo.







Un escudo natural para las ciudades del futuro
Los primeros prototipos testeados en los laboratorios del CONICET arrojaron resultados espectaculares. El material demostró un comportamiento excelente como aislante térmico y contribuye de manera muy eficaz a la absorción de los ruidos molestos. Además, a pesar de ser un producto totalmente orgánico y biodegradable, los estudios confirman que posee una altísima tolerancia al deterioro provocado por el uso diario.
La investigadora Noelia Alchapar destaca que la meta es integrar estos paneles vivos tanto en desarrollos constructivos nuevos como en la rehabilitación de edificios antiguos para mejorar su eficiencia energética. Todo el proceso se enmarca en la economía circular, donde se gasta un mínimo de energía para producir un bloque que, al final de su vida útil, puede volver a la tierra sin dejar huellas tóxicas.
Reimaginar los residuos como recursos estratégicos es el gran desafío del siglo veintiuno. Gracias a la inversión en ciencia básica, Argentina demuestra que es posible transformar la basura de nuestras economías regionales en insumos tecnológicos de vanguardia para construir un hábitat mucho más respetuoso con el planeta que habitamos.
Participa del proyecto, además de las científicas del INAHE, Pablo Postemsky, investigador del CONICET en el Centro de Recursos Naturales Renovables de la Zona Semiárida (CONICET-UNS).
Por Daniel Ventuñuk
En base al artículo de Leonardo Fernández
