Un estudio publicado en Science Advances midió la resistencia interna de los huesos de brazos y piernas de siete homininos. Los australopitecos, como Lucy y Little Foot, tenían piernas de caminante y brazos de trepador. Hace unos 1,8 millones de años, los primeros Homo ya muestran un patrón humano.
Un hueso funciona como un diario. No escribe fechas ni nombres, pero registra lo que el cuerpo hizo durante la vida, porque durante el crecimiento responde en cierta medida a las cargas mecánicas que soporta. Un animal que usa los brazos para desplazarse o sostener su peso desarrolla un patrón distinto del de otro que pasa casi toda la vida caminando sobre las piernas. Un equipo liderado por Kristian J. Carlson, de la Facultad de Medicina Keck de la Universidad del Sur de California, leyó ese diario en fósiles de entre 3,7 y 1,5 millones de años.
Leer huesos sin romperlos
En vez de mirar solo la forma exterior de los esqueletos, los investigadores usaron tomografías computarizadas para estudiar la estructura interna del húmero (el hueso del brazo), el fémur (el del muslo) y la tibia. A partir de esas secciones estimaron cuánta fuerza de flexión y de torsión resistía cada hueso, y compararon las proporciones entre extremidades y dentro de la pierna. En total, analizaron datos fósiles de siete ancestros humanos de entre 1,5 y 3,7 millones de años.
Little Foot y Lucy
Uno de los fósiles centrales es StW 573, conocido como Little Foot, un esqueleto extraordinario hallado en las cuevas de Sterkfontein, en Sudáfrica. Tiene unos 3,67 millones de años, lo que amplía el marco temporal del estudio de los australopitecos casi 0,5 millones de años antes que Lucy. Lucy es el célebre ejemplar de Australopithecus afarensis de unos 3,18 millones de años. También difieren en tamaño. Según el texto original, Lucy pesaba unos 28,9 kilos, y la masa estimada de Little Foot es de 40,2 kilos.
Esa diferencia importa. Existía la posibilidad de que lo observado en Lucy se debiera a su cuerpo pequeño. Con un individuo más grande y mucho más antiguo, el patrón se podía poner a prueba.
Piernas de caminante, brazos de trepador
El resultado es llamativo. En los australopitecos analizados, la resistencia del brazo en relación con el muslo se parece más a la de los grandes simios africanos que a la de los humanos modernos, y Lucy y Little Foot muestran la misma señal general. Pero cuando se compara el fémur con la tibia de Little Foot aparece otro patrón, con proporciones dentro de la pierna parecidas a las humanas.
Es una combinación sin equivalente actual. Carlson la describe como una estrategia de movimiento única, sin comparación moderna, con una fuerza de brazos como la de un simio y una pauta de piernas humana. Es decir, caminaban de manera habitual sobre dos piernas sin renunciar todavía a los árboles. No significa que vivieran entre las ramas, sino que trepaban con la frecuencia suficiente como para dejar una marca en los huesos.
El estudio refuerza además una advertencia. Algunos rasgos anatómicos asociados a la vida arbórea podrían ser herencias de antepasados anteriores y no probar que el animal siguiera trepando. La estructura interna del hueso aporta otro tipo de información, porque responde a las cargas del desarrollo.

El cambio llega con los primeros Homo
El panorama cambia con fósiles posteriores. Entre ellos hay un individuo de Dmanisi, en Georgia, de unos 1,8 millones de años, y los ejemplares africanos KNM-ER 1808 y KNM-WT 15000, atribuidos a Homo erectus. Sus proporciones están dentro del patrón humano moderno, con piernas relativamente resistentes y brazos que ya no muestran la señal de soportar el peso del cuerpo con frecuencia.
«Proponemos que la fuerza relativa de las extremidades es un rasgo umbral, una diferencia que marca un cambio fundamental de conducta entre Australopithecus y Homo», dice Carlson. Dicho de otro modo, hacia hace 1,8 millones de años los árboles dejaron de formar parte importante de la locomoción cotidiana. No significa que ningún Homo pudiera trepar. Los autores plantean que ese cambio pudo liberar los brazos de antiguas funciones de locomoción y favorecer actividades como la manipulación, la fabricación de herramientas o el lanzamiento.
¿Por qué justo ahí?
Es la pregunta abierta. Carlson y sus colegas plantean que caminar distancias mayores por el suelo pudo contribuir tanto al cambio en la fuerza de las extremidades como al aumento del tamaño del cerebro que empezó por esa época. Es una especulación, como el propio autor reconoce, y no una conclusión.
Cuándo nuestros ancestros dejaron los árboles
El estudio en números
Cuándo vivieron
Cuánto pesaban
Lo que dicen los huesos
▼ Cómo se mide la resistencia de un hueso
▼ Por qué el hueso guarda la historia
▼ Qué es un «rasgo umbral»
▼ Qué se discute todavía
Lo que hay que tener en cuenta
El tema está lejos de cerrarse. El propio trabajo señala que cuánta arboricidad caracterizó a los australopitecos y en qué se diferenció de los primeros Homo es un punto muy debatido. Además, las comparaciones centrales se apoyan en dos esqueletos particularmente bien conservados, Little Foot y el individuo de Dmanisi. Sacar conclusiones sobre comportamiento a partir de huesos es siempre una inferencia.
Los resultados invitan a pensar la evolución humana menos como una escalera y más como una sucesión de soluciones distintas. Los australopitecos ya eran bípedos, pero eso no los volvió criaturas exclusivamente terrestres. El abandono de los árboles no habría coincidido con el origen del bipedismo, sino con un momento mucho después. Nuestros ancestros caminaron erguidos mucho antes de dejar definitivamente las ramas, y para saber con más precisión cuándo y por qué lo hicieron habrá que encontrar más esqueletos y seguir leyendo sus huesos.
Referencia:
Kristian Carlson, Proportional limb strengths signal an adaptive shift in arboreality in early human evolution, Science Advances (2026). DOI: 10.1126/sciadv.aeh1752
