A pocas semanas de la cumbre del clima de Antalya, las presidencias de tres COP consecutivas se juntaron en Nueva York para debatir cómo recuperar la confianza en la acción climática. Los desastres ya no son una advertencia lejana y la ONU avisa que el éxito de la cumbre no se va a medir en las salas de negociación.
Primero fue una imagen. Un muro de agua bajando por un valle de montaña y llevándose por delante personas, casas y comunidades enteras. Con esa postal de las recientes inundaciones en Nepal, Khalilur Rahman, presidente de la Asamblea General de la ONU, abrió una reunión de alto nivel en la sede del organismo, en Nueva York. Reconoció que los científicos llevaban mucho tiempo advirtiendo que esto iba a pasar, pero que «ninguno de nosotros estaba preparado para esas imágenes estremecedoras».
La cita juntaba a representantes de las presidencias de tres cumbres del clima seguidas. Los países que se sentaron a la mesa son cuatro porque la COP31 la comparten Türkiye y Australia. Brasil fue anfitrión de la COP30 el año pasado, en Belém. Türkiye recibirá la COP31 del 9 al 20 de noviembre, con Australia al frente de las negociaciones en un esquema inédito de responsabilidades compartidas. Y Etiopía será sede de la COP32 el año próximo.
La cuenta regresiva hacia Antalya
Los números de la cumbre
Quién emite y quién sufre
Tres cumbres, cuatro países
Qué pide cada presidencia
▼ Türkiye
▼ Australia
▼ Brasil
▼ Etiopía
Un planeta que se pasa de la raya
Rahman puso sobre la mesa dos datos incómodos. Uno es que El Niño, el calentamiento periódico del Pacífico que altera lluvias y temperaturas en buena parte del mundo, sigue intensificándose y podría ser uno de los más fuertes desde al menos 1950. El otro es que las políticas climáticas actuales llevan al planeta hacia un calentamiento de 2,8 °C, muy por encima de los objetivos del Acuerdo de París.
«Detrás de estas cifras hay familias desplazadas, niños que faltan a la escuela, mujeres que deben caminar cada vez más lejos para conseguir agua», dijo. Para él, la COP31 «debe ser más que otro hito en las negociaciones» y tiene que demostrar que el multilateralismo (la idea de que los países resuelvan juntos los problemas que no respetan fronteras) da resultados.
De la promesa a la plata
Türkiye llegó con una agenda de tres frentes: acelerar la transición energética, reducir las emisiones de metano, otro gas de efecto invernadero, y fortalecer la resiliencia frente a los impactos del clima. Su carta fuerte es el Puente para la Implementación Climática, una iniciativa desarrollada con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) para que los compromisos nacionales se conviertan en proyectos capaces de atraer inversiones y acceder a financiación.
El embajador turco ante la ONU, Ahmet Yıldız, planteó que el problema no es solo cuánta plata hay. También importa si ese dinero está disponible, es accesible, asequible y previsible.
Para las pequeñas islas del Pacífico, la urgencia es de todos los días. El aumento del nivel del mar y los fenómenos extremos amenazan viviendas, infraestructura y medios de vida. El embajador australiano, James Larsen, defendió un acceso a la financiación más simple y más rápido, y planes de adaptación (los ajustes para convivir con los impactos que ya llegaron) basados en la ciencia y en lo que necesitan las comunidades. Su apuesta es que escuchar a los más vulnerables permite «recuperar la confianza mediante la acción climática».

Quién paga la transición
Brasil llegó con tres prioridades para Antalya. La primera es poner en marcha el mecanismo de transición justa acordado en Belém, pensado para que el paso a las energías limpias no deje a nadie atrás. La segunda es mejorar la forma de medir los avances en adaptación. La tercera es ampliar las inversiones climáticas en países en desarrollo ahogados por la deuda. El embajador Sérgio França Danese advirtió que, en un mundo de Estados con las cuentas apretadas, las conversaciones sobre financiación tienen que ampliar el margen fiscal, es decir, la capacidad de los gobiernos para invertir sin comprometer sus finanzas.
Etiopía cerró la ronda con un número que pesa. Su embajador, Tesfaye Yilma Sabo, recordó que África genera apenas alrededor del 3 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero y sufre, sin embargo, algunas de las peores consecuencias. «La demora en actuar tiene un costo acumulativo para los países en desarrollo», advirtió. Según él, el acceso a financiación y tecnología define cada vez más quién se beneficia de la transición y quién se queda atrás.
La vara con que se va a medir
Los líderes mundiales llegarán a Antalya el 11 y 12 de noviembre, antes de que las negociaciones entren en su fase decisiva. Quedan pendientes tres debates que atraviesan todas las intervenciones: cómo hacer que el dinero llegue de verdad a quienes lo necesitan, cómo medir si la adaptación funciona y cómo repartir los costos y los beneficios del cambio energético. La posta pasará después a Etiopía, en la COP32.
Rahman dejó la vara bien alta. La COP31, sostuvo, no puede juzgarse por las promesas que se repiten, «sino por las personas que protegemos».
