Los egipcios temían menos al fuego que a desaparecer. Los griegos le cobraban peaje a los muertos. En el budismo nadie te condena, porque el castigo lo fabrican tus propios actos.
Imaginá que acabás de morir. Tu espíritu atraviesa paisajes oscuros, esquiva criaturas hostiles, cruza puerta tras puerta y, al final del camino, alguien pone tu corazón en el platillo de una balanza. En el otro hay una pluma.
Así de preciso era el juicio final de los antiguos egipcios, y es solo una de las formas en que la humanidad imaginó el destino de los malvados. Casi todas las culturas tuvieron la suya. Las de Egipto, Grecia y el budismo tienen algo en común: el castigo era tan creativo como brutal.
Tres infiernos de la antigüedad
El infierno en números
Quién juzga y cuánto dura
Los 16 Narakas
▼ Los 8 Narakas helados
▲ Los 8 Narakas ardientes
Un corazón en la balanza
Los egipcios no creían exactamente en un infierno como el que heredamos nosotros. Lo suyo era más inquietante, porque lo que se jugaba era la existencia misma.
Para ellos, la persona estaba hecha de varias partes. El Ba, una especie de alma, quedaba libre para ir y venir desde la tumba. El Akh, el espíritu, emprendía el viaje hacia la Duat (también llamada Amenti), el inframundo donde lo esperaba el juicio de Osiris. No era un trámite. Había que deambular por parajes oscuros, sortear seres malignos y atravesar «puertas» en distintas etapas del recorrido.
Al llegar, Anubis, el dios de la muerte, ponía el corazón del difunto de un lado de la balanza. Del otro, Ma’at, la diosa de la verdad y la justicia, ponía su pluma. Si pesaban lo mismo, la vida había sido justa y el Akh seguía hacia el Aaru, el reino paradisíaco de Osiris, donde los espíritus buenos se mezclaban con los dioses en una eternidad de paz.
Si el corazón pesaba más, entraba en escena Ammyt, la devoradora. Tenía cuerpo de híbrido (cocodrilo, leopardo e hipopótamo) y una única tarea, comerse el corazón. Sin corazón no había Aaru ni inmortalidad, y la persona perecía para siempre. Para los egipcios, ese era el peor castigo imaginable. No hacían falta llamas ni tormentos, alcanzaba con un final.
Una moneda para el barquero
Los griegos imaginaron algo más parecido a un viaje con peajes, aduanas y jueces. El Hades, reino del dios del mismo nombre, quedaba en las profundidades bajo la Tierra y lo atravesaban cinco ríos. Estaban el Aqueronte (la pena), el Cocito (los lamentos), el Flegetonte (el fuego), el Lete (el olvido) y la Estigia (el odio), que hacía de frontera entre los mundos.
Los muertos cruzaban el Aqueronte en la barca de Caronte, un barquero sombrío que cobraba un óbolo, una moneda pequeña. Por eso los parientes la colocaban bajo la lengua del difunto, o sobre sus párpados, antes del entierro. ¿Y quienes no tenían a nadie que pagara por ellos? Debían recorrer durante cien años la pradera de asfódelos, sin poder cruzar, hasta que Caronte accedía a llevarlos gratis.
Del otro lado esperaba Cerbero, el perro de tres cabezas, con una misión doble: dejar entrar a los muertos y no dejar salir a nadie. De paso, también espantaba a cualquier vivo que se animara a colarse.
Después venía el tribunal. Hermes, el dios mensajero, conducía a las almas ante Minos (rey de Creta), Éaco (rey de Egina) y Radamantis (hermano de Minos). Había tres destinos posibles. Las almas heroicas o benditas iban a los Campos Elíseos. Las que no habían sido ni virtuosas ni malvadas volvían a los Campos de Asfódelos, un lugar neutral de existencia eterna. Y las impías tomaban el camino del Tártaro.
El Tártaro era todavía más profundo que el Hades. Nació como una prisión fortificada, rodeada por el río de fuego Flegetonte, para encerrar a los titanes. La vigilaban los Hecatónquiros, gigantes con 50 cabezas y 100 brazos cada uno, así que fugarse era una idea descartada. Con el tiempo se llenó de almas malvadas y, en las mitologías posteriores, el castigo empezó a medirse a la medida del crimen. El caso más famoso es el de Sísifo, ladrón y asesino, condenado a empujar una roca enorme cuesta arriba para verla caer una y otra vez, por toda la eternidad.
Un infierno sin juez
Si en Egipto decide una balanza y en Grecia un tribunal, el budismo plantea algo distinto. El Naraka (que suele traducirse como infierno o purgatorio, y está emparentado con el Di Yu de la mitología china) difiere de los infiernos occidentales en dos puntos clave. Nadie envía allí a los seres como resultado de un juicio divino, y la estadía no es eterna, aunque puede durar un tiempo difícil de concebir. Las tradiciones hablan de cifras que se cuentan en billones de años.
Un ser nace en un Naraka por su karma, es decir, por las consecuencias de sus pensamientos, palabras y acciones. Se queda hasta que ese karma negativo se agota. Entonces puede renacer en mundos superiores, gracias a karma positivo que todavía no había madurado. Físicamente, estos reinos son redes de cavernas bajo Jambudvīpa, el mundo humano ordinario.
Los Narakas helados son una llanura oscura rodeada de montañas congeladas y barrida sin pausa por ventiscas. Sus habitantes nacen ya adultos y viven una larga vida desnudos y solos, con quemaduras y ampollas por todo el cuerpo. Son ocho niveles y cada vida es veinte veces más larga que la del nivel anterior. Varios nombres son onomatopeyas del sufrimiento. Aṭaṭa viene del sonido de las bocas temblando, Hahava del «ha, ho» de los lamentos y Huhuvu del castañeteo de los dientes. En Utpala la piel se vuelve azul, en Padma las ventiscas la rompen y en Mahāpadma, el más extremo, el cuerpo entero se parte en pedazos y los órganos quedan expuestos al frío.
Los Narakas ardientes son el polo opuesto, también con ocho niveles. En Sañjīva el suelo es de hierro al rojo vivo y, apenas un ser teme que otro le haga daño, aparecen cuchillas y garras de acero y todos se atacan entre sí. En Kālasūtra los sirvientes de Yama, el señor de los muertos, trazan líneas negras sobre el cuerpo y lo cortan siguiendo las marcas. En Saṃghāta, montañas de roca se estrellan entre sí y aplastan a los condenados, que se recuperan para que todo vuelva a empezar. En Avīci, el último y más extremo, los condenados se asan en hornos gigantescos.
Tres miedos, una pregunta
Egipto imaginó una balanza que no se puede engañar. Grecia, un tribunal que sentencia. El budismo, una cadena de causas y efectos sin juez a la vista. Tres maneras distintas de pensar la justicia, y todas apelan al miedo como herramienta moral.
Lo curioso es que esas imágenes no se quedaron en la antigüedad. Seguimos hablando de tareas «sisíficas» cuando un trabajo no termina nunca y de «cerberos» para quien custodia una puerta. Y la pregunta que plantean los tres infiernos sigue abierta en cualquier sobremesa: si el miedo al castigo alcanza para que alguien se porte bien, o si hace falta algo más.
