La combinación del patrón oceánico con el calentamiento global empuja al planeta hacia un territorio climático desconocido. Mientras las sequías y las inundaciones extremas asfixian economías y cosechas desde Europa hasta África, la ONU acelera la acción anticipatoria para salvar millones de vidas.
«El ensayo general ha terminado; estamos viviendo la cruda realidad». La advertencia de la comunidad científica y de las Naciones Unidas resonó con fuerza: el fenómeno de El Niño no es una amenaza lejana, sino una crisis presente que está reconfigurando el mapa meteorológico y social del planeta.
Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), el evento actual alcanzará su punto de máxima intensidad entre agosto y octubre de 2026. Las aguas del océano Pacífico registran temperaturas hasta 3 °C por encima de lo normal —un récord histórico—, un calentamiento que, al acoplarse con el «Dipolo del Océano Índico» y las emisiones por combustibles fósiles, actúa como un potente multiplicador de riesgos.
Impacto Humano y Respuesta ante El Niño
Anomalías térmicas, riesgos de hambre y estrategia de acción anticipatoria
Anomalía térmica récord registrada por la OMM, proyectando efectos extremos hasta inicios de 2027.
Proyección del PMA debido a cosechas perdidas por sequía y trabas en rutas comerciales de insumos.
Inundaciones masivas en África Oriental e inundación de cultivos frente a sequías totales en África del Sur y Centroamérica.
Población objetivo de la FAO y el PMA en 22 países para entregar efectivo y semillas antes del desastre.
Un planeta fracturado en dos extremos
El impacto global de este «super El Niño» no se distribuye de manera uniforme, sino que divide al mundo en dos caras de una misma moneda climática:
- Inundaciones y epidemias: En el este de África (desde Somalia hasta Tanzania), el sur de Europa y Asia Central, las lluvias torrenciales han desbordado ríos, destruido caminos y desplazado a miles de familias. El agua estancada ya está provocando brotes de cólera y disparando los casos de malaria.
- Sequías e incendios: En el sur de África (Zambia, Malaui, Mozambique), Centroamérica, el Caribe y el sur de Australia, la ausencia de precipitaciones arruinó cosechas enteras. En Zambia, agricultoras como Esnart Chongani reportan no haber cosechado un solo grano de maíz: «La gente tiene mucha hambre; la generosidad de la comunidad desapareció porque todos luchan por sobrevivir».
A esta tenaza ambiental se le suma la tensión geopolítica. Los conflictos en rutas comerciales clave como el estrecho de Ormuz encarecieron los fertilizantes y los alimentos. El Programa Mundial de Alimentos advierte que hasta 45 millones de personas podrían enfrentar inseguridad alimentaria aguda, provocando pérdidas económicas globales estimadas en billones de dólares.
Los enemigos invisibles: humo y desigualdad
Además de la falta de comida y agua, la crisis climática mata en silencio a través del aire. Los grandes incendios forestales registrados en España, Francia y Grecia liberaron toneladas de material particulado fino (PM2.5). Estas partículas microscópicas viajan miles de kilómetros, penetran en los pulmones y pasan al torrente sanguíneo, afectando gravemente a niños, ancianos y enfermos crónicos.
Por otro lado, la desigualdad determina quién sobrevive al calor. Mientras los sectores acomodados acceden al aire acondicionado, más de 90 millones de trabajadoras de la industria textil en el mundo y millones de peones al aire libre deben soportar jornadas con temperaturas extremas sin protección adecuada.
La respuesta: actuar antes del desastre
Frente a este escenario, la estrategia de las agencias humanitarias dio un giro radical: mover los recursos financieros antes de que ocurra la catástrofe y no después.
Entre 2023 y 2025, los fondos de «acción anticipatoria» de la ONU llegaron a más de 8,5 millones de personas en África mediante transferencias de efectivo, distribución de semillas resistentes a la sequía e infraestructura de monitoreo meteorológico. La FAO y el PMA lanzaron un llamamiento conjunto para proteger a 8,8 millones de personas en 22 países de alto riesgo. Como sintetizó Tom Fletcher, responsable de la Oficina de Coordinación de Ayuda Humanitaria (OCHA): «La elección es clara: podemos esperar al desastre o podemos invertir en resiliencia».
