Alarma rana

La llamada rana coralina es un atractivo anfibio de pintas rojas cuyo estado de conservación se considera “vulnerable” en el territorio nacional. La pérdida de su hábitat y, posiblemente, su captura como mascota constituyen sus principales amenazas. Un equipo científico busca estudiarla y crear un plan de acción para protegerla con participación de líderes locales.

Para ser rana, es grande. Unos 12 centímetros de largo, de un cuerpo cubierto de manchas color castaño rojizo a negro en sus bordes y rojo brillante en sus centros. De cabeza ancha y ojos prominentes. Es amante de la noche. Al macho se lo escucha cantar en varias provincias del norte de la Argentina, también en Paraguay y Bolivia, en la porción oriental del Gran Chaco Sudamericano, conocida como Chaco Seco. Una región enorme que ve disminuir la presencia de estos animales. Es que su estado de conservación es «casi amenazada» a nivel global y «vulnerable» a nivel nacional. Pero no están solas en sus desventuras. Un grupo de científicas y científicos de distintos centros de la Argentina, entre ellos Exactas UBA, han salido en su ayuda. Quieren conocerlas más, porque hoy poco se sabe de su vida, y tienen en sus manos un plan de preservación para realizarlo en conjunto con líderes locales.

«Esta rana es una preciosura», describe sin ocultar su admiración, la doctora en Biología, Gabriela Agostini, directora de Conservación de Anfibios en Argentina (COANA) e investigadora de CONICET en el IEGEBA, en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Tal vez, el aspecto de este animal sea uno de los atractivos entre quienes lo cazan para venderlos como mascotas, lo cual podría representar una amenaza para la especie.

Pero ese no es el único riesgo al que se exponen. «Nosotros hipotetizamos que la causa primaria que afecta a las poblaciones es la reducción del hábitat, o sea, la pérdida del bosque. Es que el Gran Chaco Sudamericano es un lugar donde la agricultura se está expandiendo a un ritmo bastante alarmante. Esto significa que las unidades de vegetación nativas están siendo diezmadas», enfatiza.

Habitantes de cuevas abandonadas por vizcachas u otros roedores, y entre raíces de árboles, estas ranas son testigos de los cambios en el hábitat cada vez que salen de sus refugios. Y a veces pueden toparse con humanos menos amigables aun que los mercaderes de mascotas. «Otros investigadores han señalado que posiblemente las personas puedan matarlas motivadas por sentimientos de aversión. Esto ocurre con muchas especies de ranas y sapos que son grandes, coloridas, vistosas, y fácilmente confundidas con animales venenosos. No conocemos casos de muerte causados por esta especie, pero sí sabemos que tiene una secreción cutánea bastante alergénica. Me ha tocado personalmente. Da una reacción a nivel de las mucosas: lagrimean los ojos, provoca tos y estornudos», señala.

¿Nada nuevo bajo el sol?

Rana de Santa Fe, rana coralina, rana overa, Cururú Pytã -en idioma guaraní-, son algunos de sus nombres. Leptodactylus laticeps, es como se la conoce científicamente a esta especie catalogada como «casi amenazada» y con tendencias poblacionales en retroceso por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Las evaluaciones nacionales realizadas por especialistas de la Asociación Herpetológica Argentina (AHA) conceden el estatus de «vulnerable» para las poblaciones del territorio nacional. Pero, aún resta mucho por conocer sobre este anfibio.

Aunque es una especie icónica del Chaco Seco, «no sabemos demasiado sobre los aspectos más básicos de su historia natural», indica Agostini, al tiempo que ejemplifica: «No se conoce su biología reproductiva. No sabemos cómo el macho abraza a la hembra para fecundar los huevos. Ni dónde pone sus huevos, ni cómo son los renacuajos. Está en tres países y aún es mucho lo que desconocemos».

En la Argentina se distribuye en seis provincias: Chaco, Formosa, Salta, Santiago del Estero y la porción norte de Córdoba y Santa Fe. Y hay mucho nuevo bajo el sol por develar y así armar el rompecabezas que permitirá elaborar acciones de conservación para la especie. En este sentido, es necesario dilucidar los aspectos más básicos de cómo se comportan las poblaciones; qué hábitats dentro del bosque chaqueño usan para reproducirse y sobrevivir; cómo el reemplazo del bosque por agroecosistemas afecta la ocurrencia de la especie, y cómo operan también las demás amenazas sugeridas como la caza y la eliminación por aversión.

«Como muchas especies de ranas y sapos, esta rana y sus necesidades de conservación han sido poco atendidas y no son precisamente los animales más carismáticos del área. No es un loro hablador posado en un árbol que llama la atención -compara- o un puma que se cruza en el camino. Se trata de animales nocturnos, por lo que una debe meterse en el monte de noche para observarlos y estudiarlos. Esta es una tarea habitual entre quienes estudiamos ranas, pero no es una actividad frecuente para todas las personas». Ella y su equipo son algunos de quienes se animaron a visitar el mundo de esta rana creando una iniciativa de conservación que lleva el nombre de Cururú Pytã.

Noche en el monte chaqueño

Un día de campaña científica, es en realidad una noche en el monte chaqueño. «Ya empezamos el trabajo de campo. Ahora estamos dando los primeros pasos del proyecto en sitios que han venido siendo relevados hace años y que garantizan la presencia de poblaciones de esta especie», detalla.

El equipo científico en un día de campaña en el monte chaqueño.
Foto: gentileza Gabriela Agostini.

Las exploraciones parten desde pueblos ubicados en la zona del Impenetrable en la provincia de Chaco como Misión Nueva Pompeya, Fuerte Esperanza y Miraflores, por mencionar algunos.

No es necesario que el equipo de investigación madrugue, porque estas ranas tienen hábitos nocturnos. Entonces, recién a la tarde, luego del almuerzo, las investigadoras e investigadores salen al campo, recorren kilómetros hasta dar con los sitios y luego caminan con linterna, cuaderno de apuntes, agua, cámara de fotos y todo lo necesario para hurgar en este universo de la Tierra, en parte tan desconocido como Marte. «Nos metemos de noche en el monte, con todas las alimañas que se puedan imaginar, incluidas serpientes, arañas y alacranes», dice con cierta alegría.

Antes de internarse en este bosque con códigos propios, el equipo hizo un trabajo de selección de los potenciales sitios donde podrían dar con la especie «basados en si hay charcos de agua, si hay coros diarios, entre otros. Esperamos a que caiga el sol y aguardamos hasta escuchar si los machos están cantando para atraer a las hembras. Esa es la señal», dice.

Agostini, como todos los que estudian ranas y sapos, tiene el oído entrenado para diferenciar un canto de otro. «El canto de esta rana es particular y diferente a los demás sonidos que se escuchan en la noche del bosque. Una vez que localizamos los cantos -agrega-, intentamos acercarnos» en medio de la vegetación, de insectos, de charcos, de barro o cualquier obstáculo que se cruce. «A veces, el muestreo es para reconocer los sitios que los animales ocupan. Se miden las variables de hábitat, a qué sustrato están relacionados, si están en su cueva o no están, si están con una hembra o no están. Conocer en detalle el hábitat que usan las especies es muy importante, dado de que si ese hábitat desapareciera, también podría hacerlo el animal», advierte.

Cada noche de monte es larga, muy larga. «Como no son una especie muy abundante, entonces puede tomar varias horas hallar cuatro o cinco para observarlos y tomar todos los datos necesarios», plantea.

Estas incursiones continuarán en el futuro; al mismo tiempo, este año también iniciarán otro aspecto de este proyecto del que participan dos institutos del CONICET y tres universidades nacionales. «En paralelo al trabajo en el monte, identificaremos a los líderes locales para realizar un sistema de entrevistas. Queremos indagar un poco sobre los aspectos que definen la captura de animales para mascotismo y determinar si esta actividad se realiza con la suficiente frecuencia y extensión para ser una amenaza para la especie».

Asimismo, quieren conocer la percepción de las comunidades y grupos etarios de esta rana. «Por estudios realizados en otros lugares del país -señala-, los anfibios no son muy apreciados porque las creencias populares van por el lado del desprecio, del miedo o por una cuestión estética. No resultan atractivos como algunas especies de aves y mamíferos».

Los objetivos son ambiciosos. No sólo se trata de actualizar el estado de conservación global de este animal y de reunir evidencia científica de cómo afectan las amenazas mencionadas, sino de crear un plan de acción para protegerlo con participación de líderes comunitarios locales, agricultores, biólogos, conservacionistas y educadores. Y no limitarse exclusivamente al Chaco sino ir avanzando hacia el resto de las provincias argentinas habitadas por esta rana, así como los países vecinos. Al parecer, esto recién empieza.

El equipo

Este proyecto reúne esfuerzos de diferentes investigadores e investigadoras, así como de distintas instituciones científicas de la Argentina. Entre ellos: Gabriela Agostini del IEGEBA (UBA – CONICET), Julián Lescano del IDEA (UNC-CONICET) y Diego Baldo del IBS (UnaM-CONICET).

Este proyecto es apoyado por el Conservation Leadership Program y The Neotropical Grassland Foundation, mediante becas otorgadas a los integrantes del equipo de COANA (Sofía Perrone, Camila Deutsch, Isis Ibáñez y Gabriela Agostini).

Fuente: NEX CIENCIA

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