Científicos argentinos analizan trazas y otros registros de actividad humana en la Luna

Un equipo de investigadores recrea en tres dimensiones la huella de Buzz Aldrin y aborda su análisis desde la icnología.

Por Yasmín Noel Daus

«Un pequeño paso para un hombre y un gran salto para la humanidad», fueron las palabras que Neil Armstrong pronunció mientras se desarrollaba uno de los hitos más importantes para la historia universal: la llegada a la Luna. Tras casi cincuenta y dos años de aquella conquista, científicos del CONICET se propusieron abordar registros humanos en la Luna desde la perspectiva de la icnología, disciplina que estudia señales de actividad de los organismos vivos en los sustratos sedimentarios. Los resultados de la investigación fueron publicados recientemente en Earth Science Reviews.

Huella de Buzz Aldrin en la superficie lunar.
Fotografía: NASA.

El equipo estuvo conformado por Ignacio Díaz Martínez, Silvina de Valais y Paolo Citton, respectivamente investigador asistente, investigadora independiente y becario postdoctoral extraordinario del CONICET en el Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología (IIPG, CONICET – UNRN) y Carlos Cónsole Gonella, investigador adjunto del Consejo en el Instituto Superior de Correlación Geológica (INSUGEO, CONICET – UNT).

Con en el objetivo de encarar la investigación, los científicos realizaron un análisis minucioso del material fotográfico obtenido por la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA, por sus siglas en inglés). Una de las técnicas empleadas fue la fotogrametría a partir de imágenes tomadas por los propios astronautas, que permitió obtener mediciones de detalle y recrear tridimensionalmente las huellas de Buzz Aldrin y otros rastros humanos en la Luna. Una vez alcanzados estos modelos, los investigadores fueron capaces de realizar valoraciones sobre dimensiones, profundidad, y deformación del sustrato.

El objeto de la icnología: las trazas

«En la icnología, las trazas se definen como la evidencia de la actividad de un organismo modificando a un sustrato», explica Díaz Martínez. Y agrega: «¿Pero cuáles son exactamente las trazas que dejaron los astronautas del proyecto Apollo? ¿La huella de una bota es una traza? ¿Y la propia bota?». Los científicos comenzaban a vislumbrar que la icnología, tal como la conocían, difícilmente podía responder todas sus preguntas: estaban frente a un conflicto filosófico.

La discusión tiene sus antecedentes. Hay quienes sostienen que la icnología solo debe estudiar las trazas realizadas por uno o varios individuos con sus propios cuerpos, en cambio, otros autores defienden que tanto los artefactos, como los rastros hechos por su utilización, también constituyen trazas susceptibles de análisis iconológico.

Así, a partir del estudio en los rastros de la Luna, los investigadores se vieron en la necesidad de diferenciar entre dos tipos de trazas: aquellas que producen las personas con su cuerpo y las producidas por un artefacto tecnológico. «A estas últimas las denominamos tecnotrazas», declara Díaz Martínez. Desde esta perspectiva, las huellas realizadas por Armstrong y Aldrin en la expedición del Apolo 11 son tecnotrazas y constituyen un potencial objeto de estudio para la disciplina.

Sin embargo, explica el investigador, en la Luna no solo perduran las huellas humanas. Allí, hay basura, elementos de trabajo, una bandera, pelotas de golf, landers y demás objetos que los exploradores debieron abandonar en pos de ocupar el lugar de la nave con muestras lunares. Este tipo de artefactos fabricados por el hombre para una determinada finalidad son los que se conocen como «tecnofósiles».

Una prueba de humanidad

«Si bien no es posible aun definir el Antropoceno como una actual era geológica, como concepto es bastante interesante», comenta Díaz Martínez. Desde lo social, los artefactos y las huellas en la Luna, en el espacio y en cualquier otro planeta, «se convertirían en evidencias del Antropoceno y del fenotipo extendido del Homo Sapiens más allá de la Tierra».

Finalmente, el estudio abarca la cuestión temporal respecto a las marcas que dejaran los astronautas en el sustrato lunar: podrían perdurar casi inmutables por decenas de miles de años, quizás cientos de miles de años. «Los efectos erosivos que existen en la Tierra no se encuentran en la Luna. No hay una atmósfera, agua u otros tipos de organismos», explica el icnólogo. Y continua: «Por lo tanto puede presuponerse que las huellas de la Luna permanecerán por mucho tiempo, quizás más allá de nuestra civilización, lo que es muy intrigante».

Referencias bibliográficas:
Ignacio Díaz-Martínez, Carlos Cónsole-Gonella, Paolo Citton, Silvina de Valais,
Half a century after the first bootprint on the lunar surface: The ichnological side of the Moon,Earth-Science Reviews,Volume 212, 2021,103452, ISSN 0012-8252.
https://doi.org/10.1016/j.earscirev.2020.103452

Sobre investigación:

Ignacio Díaz Martínez. Investigador asistente. IIPG

Carlos Cónsole Gonella. Investigador adjunto. INSUGEO

Paolo Citton. Becario postdoctoral. IIPG

Silvina de Valais. Investigadora independiente. IIPG

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