Frente a las alertas por el fenómeno de El Niño y el desborde de arroyos en la tierra colorada, los especialistas en nutrición advierten sobre los riesgos invisibles que viajan con el agua turbia. Cómo desinfectar de verdad sin cometer errores habituales y por qué hay alimentos que jamás deberías rescatar aunque parezcan intactos.
Cuando el río o el arroyo empiezan a ganar terreno y el barro rojo avanza sobre el patio de una casa, la urgencia inmediata suele concentrarse en levantar los muebles, salvar los documentos y poner a resguardo a la familia. Sin embargo, el peligro más destructivo en una inundación rara vez hace ruido ni se nota a simple vista: viaja diluido en el agua.
Con la reactivación de los ciclos asociados al fenómeno climático de El Niño, el Litoral argentino —y particularmente Misiones— vuelve a enfrentar pronósticos de precipitaciones intensas, anegamientos repentinos y crecidas fluviales. Lejos de ser un mero fenómeno hidrológico, una inundación es una catástrofe microbiológica. Cuando el agua sale de su cauce o colapsan los desagües, barre con pozos ciegos, letrinas, desechos agroquímicos, animales muertos y basura acumulada, transformando el entorno en un caldo de cultivo bacteriano y parasitario de alta agresividad.
Ante este panorama, el Área de Nutrición del Ministerio de Salud Pública de Misiones encendió los reflectores sobre el eslabón más frágil de la cadena comunitaria: los bebés y niños pequeños, cuyos sistemas inmunológicos y digestivos aún no cuentan con defensas preparadas para resistir semejante invasión patógena.
El escudo biológico más seguro en medio del caos
Hay una máxima que los equipos de salud territorial repiten como un mantra cuando el agua no da tregua: «Teta, agua segura, alimentos bien cocidos, manos limpias y nada que haya tocado la inundación». No es un eslogan casual; responde a una lógica de supervivencia fisiológica.
Para los lactantes, la leche humana no es solo alimento: es la única fuente de nutrición completamente estéril, con temperatura regulada y repleta de anticuerpos que no depende del suministro eléctrico ni de la pureza de las canillas. Por eso, los especialistas enfatizan que la lactancia materna a libre demanda debe sostenerse a ultranza durante la evacuación o permanencia en zonas afectadas. Abandonar el pecho o recurrir a fórmulas preparadas con agua de dudosa procedencia en un contexto de anegamiento multiplica exponencialmente el riesgo de gastroenteritis severas y deshidratación aguda.
La situación se vuelve más compleja a partir de los seis meses, cuando los bebés inician la alimentación complementaria. En ese punto, cada plato, cada cuchara y cada ingrediente pueden convertirse en un caballo de Troya si no se toman recaudos quirúrgicos.
La química casera del agua potable y el mito del aspecto limpio
Uno de los errores más comunes y peligrosos durante una emergencia hídrica es guiarse por la vista o el olfato. Que el agua se asiente en un balde, decante y luzca cristalina no significa que esté libre de rotavirus, Escherichia coli o bacterias coliformes capaces de descompensar a un nene en cuestión de horas.
Si no se cuenta con agua embotellada de fuente garantizada, la sanitización doméstica exige seguir métodos estrictos:
- El hervor efectivo: No alcanza con que el agua rompa en burbujas y apagar la hornalla. Para destruir los microorganismos termorresistentes, es necesario mantener un hervor sostenido durante al menos 2 a 3 minutos completos.
- La cloración adecuada: Si no hay gas o fuego, se debe recurrir a la desinfección química con lavandina común (sin perfumes ni aditivos, apta para desinfección de agua, habitualmente con una concentración de 55 g de cloro por litro). La dosis recomendada por las autoridades sanitarias es de 2 gotas por cada litro de agua, mezclando bien y dejando reposar el líquido tapado durante 30 minutos antes de consumirlo o usarlo para cocinar e higienizar mamaderas.
Lo que el agua tocó, directo a la basura
En momentos de zozobra económica y pérdida material, desprenderse de comida duele en el alma. Pero el sentido común puede jugar una mala pasada. La advertencia médica es terminante: cualquier alimento que haya estado en contacto con el agua de inundación debe desecharse sin dudar, aunque tenga envoltorio plástico o conserve buen aspecto exterior.
La presión del agua contaminada y la porosidad de muchos empaques permiten el ingreso de toxinas bacterianas microscópicas que no se eliminan lavando el envase con detergente. Esta regla de descarte absoluto incluye:
- Frutas, verduras y productos frescos.
- Latas de conserva que presenten abolladuras, hinchazón, óxido o pérdidas en el sellado.
- Cualquier alimento perecedero que haya perdido la cadena de frío durante un corte prolongado de energía eléctrica.
En los refugios o viviendas anegadas, la prioridad nutricional debe orientarse a porciones chicas y frescas: alimentos simples de cocción total (huevos duros, cereales secos, legumbres bien hervidas y carnes sin restos rosados), cocinados para el consumo inmediato, evitando guardar sobras si no hay una heladera funcionando con temperatura segura.
Señales de alerta que no admiten esperas
El colapso de las vías digestivas en la primera infancia ocurre a una velocidad vertiginosa. Una diarrea persistente o vómitos continuos en un nene de corta edad provocan un shock hipovolémico en cuestión de pocas horas debido al bajo peso corporal y a la rápida pérdida de sales minerales.
Los pediatras y promotores sanitarios remarcan que se debe acudir de inmediato al puesto de socorro, CAPS o centro de salud más cercano si el niño manifiesta:
- Decaimiento marcado, llanto débil o somnolencia inhabitual.
- Rechazo absoluto y persistente a tomar líquidos o prenderse al pecho.
- Boca y lengua secas, o llanto sin lágrimas.
- Reducción drástica en la cantidad de pañales mojados o ausencia de orina durante más de seis horas.
- Ojos hundidos o respiración agitada.
El agua baja tarde o temprano, pero las huellas que deja en la salud pública dependen de cómo se responde en las primeras cuarenta y ocho horas. La ciencia comunitaria y las pautas higiénicas básicas son el dique de contención más potente para que una crecida no se transforme en una tragedia silenciosa.
