El histórico lanzamiento de la misión tripulada Artemis II llevó consigo un pasajero muy especial: ATENEA. Diseñado íntegramente en el país y con un rol clave del CONICET, este pequeño satélite superó a decenas de propuestas globales para probar tecnología de punta a 70.000 kilómetros de la Tierra. La hazaña que vuelve a poner a la ciencia nacional en la órbita de las grandes ligas.
El pasado 1 de abril de 2026, las miradas del mundo entero se posaron en Cabo Cañaveral. El lanzamiento de Artemis II, la primera misión espacial tripulada en rodear la Luna desde 1972, encendió la nostalgia y la ambición de la exploración espacial. Pero, junto a la gigantesca nave Orión de la NASA, viajaba un silencioso protagonista con sello celeste y blanco: el satélite ATENEA.
Diseñado y construido íntegramente en Argentina por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) en articulación con diversas instituciones científicas —como el Instituto Argentino de Radioastronomía (IAR, CONICET-CIC-UNLP)—, ATENEA se ganó su lugar a puro mérito. La NASA había abierto solo cuatro cupos para que otros países enviaran cargas útiles secundarias (secondary payloads). Tras competir contra unas 60 propuestas de agencias espaciales de todo el planeta, el proyecto nacional fue seleccionado junto a iniciativas de Alemania, Corea del Sur y Arabia Saudita.
Misión ATENEA
El CubeSat argentino en el espacio profundo
ATENEA fue una de las únicas 4 cargas secundarias elegidas por la NASA a nivel global, acompañando a proyectos de Alemania, Arabia Saudita y Corea del Sur.
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Formato CubeSatEs una estructura de 12 cubos estandarizados. Mide apenas 20x20x30 cm, similar a una caja de zapatos, pero con electrónica de última generación. |
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Comunicación AvanzadaDemostró la viabilidad de un sistema tipo GPS, pero más potente, para mantener el enlace a 70.000 kilómetros de la Tierra. |
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Medición de RadiaciónAnalizó las dosis de radiación cósmica en el espacio profundo para ayudar a diseñar componentes comerciales más resistentes en el futuro. |
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El Rol del IARValidó las antenas en su cámara anecoica y desarrolló la estación terrena que permitió detectar y bajar los datos del satélite en tiempo real. |
Un laboratorio en una caja de zapatos
A diferencia de los colosales satélites de telecomunicaciones, ATENEA es un CubeSat. Se trata de un formato estandarizado, en este caso compuesto por 12 cubos de 10x10x10 cm, lo que le da el aspecto de una pequeña caja de unos 20x20x30 centímetros. Sin embargo, en ese diminuto espacio alberga electrónica de vanguardia.
«El instrumento es un demostrador tecnológico que probó un sistema de comunicaciones para espacio profundo, muy lejos de la Tierra, del tipo GPS pero más potente», explica Gustavo Esteban Romero, investigador superior del CONICET y director del IAR. Además, el satélite midió la radiación cósmica a enormes distancias para entender cómo proteger la electrónica de futuras misiones para evitar que se degrade rápidamente.

El «oído» atento desde la Tierra
Para que este pequeño explorador pudiera comunicarse en la inmensidad del vacío, el rol del IAR fue determinante. Los equipos argentinos —que también incluyeron a la UNLP, UBA, UNSAM, CNEA y la empresa Veng S.A.— se dividieron tareas críticas.
El IAR se encargó de la validación electromagnética de las antenas de ATENEA. Utilizando su cámara anecoica (una instalación única del instituto que aísla las señales electromagnéticas), simularon las condiciones extremas que el aparato enfrentaría en el espacio para asegurar que el sistema no fallara.
Pero la tarea no terminó en el laboratorio. El IAR desarrolló una estación terrena propia, única en el CONICET, para rastrear y escuchar a ATENEA desde su viaje a 70.000 kilómetros de la Tierra. «Mientras duró la misión, el equipo detectó el satélite en forma casi inmediata gracias a su estación terrena, y bajó los datos recabados por los instrumentos», señala Romero. Todo funcionó a la perfección y los datos ya están siendo analizados por los científicos en tierra firme.


De la televisión en blanco y negro a la Luna
Las implicancias de esta misión trascienden el éxito técnico de ATENEA. Demuestran que Argentina tiene la capacidad y el capital humano para operar en el «espacio profundo» (más allá de la órbita terrestre baja), una zona vital para las futuras misiones comerciales lunares y para mejorar radicalmente los servicios de comunicación globales.
Para Gustavo Romero, la misión tiene un tinte profundamente personal que resume el espíritu del proyecto: «Para mí es un gran orgullo dirigir al IAR y a este equipo de gente que puede hacer cosas extraordinarias. Cuando era niño vi el alunizaje en vivo por televisión. Jamás imaginé que de grande dirigiría un instituto que desarrolla cosas que van a la Luna. Es un gran orgullo, y una enorme responsabilidad».
