¿Qué tienen en común un faro mítico que inspiró a Julio Verne, un presidio para criminales pesados y un puerto maderero? Todos confluyen en uno de los rincones más inaccesibles y hostiles de nuestro país. Una expedición científica reciente se adentró en las tempestuosas aguas del sur para desenterrar los secretos de una isla que funcionó como el as bajo la manga estratégico para sostener nuestra soberanía durante el siglo XIX.
Llegar a la Isla de los Estados no es para cualquiera. Situada a 24 kilómetros de Tierra del Fuego, exige navegar por las aguas caprichosas y violentas del estrecho de Le Maire. Sin embargo, entre fiordos, vientos antárticos y un aislamiento brutal, este pedazo de tierra de 63 kilómetros de largo esconde bajo su suelo los cimientos de la soberanía argentina en el Atlántico Sur.
En un hito para la ciencia nacional, un equipo de especialistas del CONICET, la Universidad de Buenos Aires (UBA) y la Armada Argentina llevó a cabo la primera campaña arqueológica histórica sistemática en la zona. Bautizada con el evocador nombre de «Aquí Hay Dragones» y liderada por el marino y Veterano de Guerra de Malvinas Roberto Ulloa, la misión zarpó en enero con un objetivo claro: leer la historia en los restos materiales que dejaron los primeros valientes que habitaron el fin del mundo.
«Esta campaña no sólo busca producir conocimiento científico, sino también poner en valor el patrimonio histórico de la isla, visibilizar la importancia de cuidar sus sitios, reflexionar sobre nuestra historia marítima y fortalecer la memoria y la soberanía en el territorio», explica Carlos Landa, investigador del CONICET y líder del Grupo de Estudios de Arqueología Histórica de Frontera.
Misión «Aquí Hay Dragones»
Los hallazgos del CONICET en la Isla de los Estados
La isla no estaba aislada: funcionaba como un nodo logístico y maderero clave para abastecer a la población argentina de Malvinas durante la gobernación de Luis Vernet.
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Faro San Juan de SalvamentoEl mítico «Faro del Fin del Mundo». Hallaron restos de su ubicación original, corrales y un «pescante» de hierro para izar botes. |
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Puerto Cook y el PresidioSitio del penal militar que albergó a 100 presos. Relevaron la antigua panadería y encontraron vainas de fusiles Remington. |
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Naufragios HistóricosEn Bahía Franklin hallaron restos (vidrios, chapas y maderos) de un posible campamento vinculado al naufragio del marino Luis Piedrabuena. |
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Supervivencia CientíficaLa expedición debió soportar vientos antárticos, largas caminatas por lechos rocosos y hasta potabilizar el agua de la isla para subsistir. |
El puente invisible hacia Malvinas
Si bien existían trabajos previos que databan la presencia de pueblos canoeros hace tres milenios, esta expedición puso el foco en el siglo XIX. En esa época, la Isla de los Estados no era solo un peñón perdido, sino el corazón de un engranaje logístico.
Landa destaca que el motivo principal fue estudiar este territorio que sirvió «como base de aprovisionamiento de madera para las Islas Malvinas durante la gobernación argentina de Luis Vernet». Vernet, el primer comandante político y militar argentino en las islas, utilizó este nodo para sostener a la población frente a las inclemencias del clima y la geopolítica.
«Por este motivo, esta isla se tornó un punto interesante para trabajar desde el punto de vista arqueológico, dado que contamos con documentación histórica a partir de la cual podemos ubicar sitios de interés como viviendas, aserraderos y varias loberías», suma Sebastián Ávila, becario doctoral del CONICET. La meta era cruzar esos viejos papeles con los restos reales en el terreno para entender cómo circulaban los bienes y las personas entre ambas islas antes de la usurpación británica.

Faros, naufragios y el peso de la ley
Durante casi tres semanas, el equipo de arqueólogos —integrado por Landa, Ávila, Alejandra Raies y Nicolás Ciarlo— se convirtió en una suerte de detectives del pasado extremo.
Uno de los puntos álgidos de la exploración fue el mítico Faro San Juan de Salvamento, inaugurado en 1884 e inmortalizado por Julio Verne como el «Faro del Fin del Mundo». Los científicos lograron constatar la ubicación original de la estructura, el huerto y el corral. «En el lugar encontramos múltiples materiales, de vidrio, metálicos, algunos referidos a la alimentación, que hablan de la vida cotidiana de esas personas», relata Ávila. Además, hallaron un «pescante», una robusta estructura de hierro utilizada para elevar los botes y evitar que las marejadas los hicieran pedazos contra las rocas.
Pero la isla también fue sinónimo de castigo. En la misma bahía funcionó el primer presidio militar, que luego fue trasladado a Puerto Cook. «En la historia hay múltiples casos del uso de cárceles y presidios como instrumentos políticos y militares para asentar asentamientos humanos y de alguna forma establecer un dominio soberano sobre diferentes espacios», reflexiona Ávila. En Puerto Cook, donde llegaron a hacinarse más de cien presidiarios, el equipo documentó la vida cotidiana e identificó restos de la vieja panadería y vainas de cartuchos Remington, testigos mudos de episodios de extrema violencia.
La expedición también relevó Bahía Franklin, buscando los rastros del célebre naufragio del buque Espora, comandado por el teniente coronel Luis Piedrabuena. Allí dieron con chapas de zinc, maderos y botellas del siglo XIX que podrían pertenecer a un auténtico campamento de náufragos.



La ciencia de sobrevivir
Hacer ciencia en la Isla de los Estados es, en sí mismo, un acto de supervivencia. Landa confiesa que la logística exigió una preparación mental y física superlativa: «Debimos hacer relevamientos en diferentes sitios arqueológicos que implicaban grandes caminatas, excavaciones, subidas y bajadas por montañas y lechos rocosos, y resbaladizos». Las condiciones fueron tan extremas que el suministro de agua dulce planificado se agotó y los investigadores tuvieron que aprender a potabilizar el agua de la propia isla para subsistir.
Con el apoyo del Centro Austral de Investigaciones Científicas (CADIC-CONICET) y la Universidad de Cádiz, los miles de datos y materiales recogidos abren la puerta a un proyecto de larguísimo plazo.
La arqueología no solo desempolva objetos, sino que les devuelve la voz a quienes forjaron el país en el anonimato del frío y el viento. Como concluye Landa: «Estos trabajos nos ayudan a entender cómo vivieron aquellos hombres, qué comían, cómo se vestían, cómo sobrevivían en sitios tan indómitos. Y lo más importante, nos permiten conocer los primeros intentos del Estado argentino por establecer soberanía sobre estas islas, un aspecto fundamental de nuestra historia».
