Durante décadas nos persiguió una teoría un poco frustrante: la idea de que nuestro organismo funcionaba como un contador obsesivo que, ante el esfuerzo físico, recortaba gastos por otro lado para mantener el equilibrio. Sin embargo, nuevas evidencias sacuden los manuales y traen una buena noticia para los caminantes, corredores y limpiadores compulsivos: el «boicot biológico» no existe en la vida cotidiana.
Hay una duda que siempre nos dio vueltas en la cabeza, casi como una trampa mental: si me mato en el gimnasio o salgo a caminar, ¿el cuerpo quema más combustible real o simplemente se ajusta para gastar menos en otras cosas, como un gerente de finanzas recortando presupuesto?. Durante mucho tiempo, se creyó que el gasto energético era una balanza que siempre buscaba el empate, una idea que desanimó a más de uno.
Esta cuestión partió las aguas en la ciencia en dos grandes bandos. Por un lado, los defensores del modelo aditivo (el que nos enseñaron en la escuela): cuanto más te movés, más gastás. Simple. Por el otro, surgió una teoría más moderna y provocadora llamada modelo de gasto energético constreñido. Esta hipótesis sugería que tenemos un «presupuesto fijo» de energía y que, si gastamos mucho moviéndonos, el cuerpo «roba» energía de funciones invisibles —como el sistema inmune o el metabolismo basal— para que el total a fin de mes sea el mismo.
Pero un nuevo estudio publicado en la prestigiosa revista PNAS llegó para poner orden y darle la razón a los que eligen moverse. Los datos inclinan la cancha a favor del modelo aditivo: no hay trampa, todo suma.
El estudio que desafió al «tope» energético
Para sacarse la duda, los investigadores no se anduvieron con chiquitas. Analizaron a un abanico de personas con niveles de actividad opuestos: desde los que viven sentados frente a la compu hasta corredores de ultramaratón.
Usando mediciones de altísima precisión, y ajustando los datos por la masa corporal magra (músculos, huesos y órganos), encontraron un patrón clarísimo: a mayor movimiento, mayor gasto energético total. Y acá viene lo más importante: no encontraron señales de «ahorro» oculto. Los biomarcadores de la función inmunitaria, tiroidea y reproductiva se mantuvieron estables, incluso en los participantes que no paraban un segundo.
¿Qué significa esto? Que el cuerpo no está apagando interruptores internos para compensar lo que gastaste en la caminata. La actividad física se suma directamente a la cuenta final.
Desglosando la factura de luz del cuerpo
Para entender por qué esto es una gran noticia, hay que repasar en qué gastamos nuestra «batería» diaria:
- Metabolismo Basal (60-70%): Es el costo de estar vivos. Respirar, latir, pensar y mantener la temperatura.
- Efecto Térmico de los Alimentos (5-10%): Lo que gastamos en digerir la milanesa o la ensalada.
- Actividad Física (15-25%): Acá entra todo, desde entrenar hasta limpiar los vidrios o bailar mientras cocinás.
Lo que el nuevo estudio sugiere es que, cuando aumentamos ese 15-25% de actividad (que en atletas puede llegar al 50%), el cuerpo no achica los otros porcentajes para compensar. El gasto total crece.
16 calorías que hacen la diferencia
No es solo un estudio aislado; la evidencia se está apilando. Otras investigaciones en adultos mayores mostraron que cada minuto extra de actividad —sea subir escaleras o caminar rápido— se traduce en 16 kilocalorías adicionales gastadas al día. Parece poco, ¿no? Pero si lo hacés todos los días, en una semana equivale a casi una comida completa «gratis».
Otro dato que nos deja sin excusas: estudios longitudinales mostraron que las diferencias de gasto entre una persona y otra dependen más de cuánto se mueven que de su genética o su metabolismo natural. O sea, el estilo de vida pesa más que el ADN en esta ecuación.
¿Y el «efecto ahorro» existe o no?
Los científicos admiten que puede haber una pequeña adaptación, pero solo en casos extremos, como corredores de ultra-distancia o expediciones polares donde el cuerpo entra en modo supervivencia. Pero para la vida real, la tuya y la mía, la respuesta es aditiva: moverse más implica gastar más.
Así que podés relajarte: tu organismo no te está saboteando. Cada vez que elegís la escalera en vez del ascensor, o caminás esas diez cuadras, estás sumando salud y gasto energético real. No somos máquinas cerradas, somos organismos adaptables. La próxima vez que escuches que «el cuerpo se acostumbra», acordate de la ciencia: no hay letra chica, cada paso cuenta.
