La levodopa cambió la historia de la medicina en los años 60, devolviéndole el movimiento a millones de personas. Sin embargo, su uso prolongado tiene una «letra chica» que hasta hoy desconcertaba a los médicos. Un equipo cordobés, en colaboración con Francia, encontró la pieza que faltaba en el rompecabezas: el fármaco no solo actúa químicamente, sino que se infiltra en la estructura misma de las neuronas, alterando sus «vías de tren» internas.
El Parkinson es la segunda enfermedad neurodegenerativa más frecuente del mundo, solo detrás del Alzheimer. Sabemos que su causa es la muerte progresiva de las neuronas que producen dopamina, ese combustible químico indispensable para movernos, aprender y sentir recompensa.
Desde hace más de medio siglo, la respuesta de la ciencia ha sido la levodopa (L-Dopa). Es el tratamiento estándar y, para muchos, milagroso: el cerebro toma esa droga y la transforma en la dopamina que le falta. Pero los neurólogos y los pacientes saben que hay una trampa en el tiempo. Después de años de tratamiento, suelen aparecer efectos secundarios complicados, como las disquinesias (movimientos involuntarios) o problemas cognitivos.
¿Por qué pasa esto si la droga es buena? Esa es la pregunta que un equipo del Centro de Investigaciones en Química Biológica de Córdoba (CIQUIBIC, CONICET-UNC) junto a la Universidad Grenoble Alpes (Francia) acaba de responder en la prestigiosa revista npj Parkinson’s Disease, del grupo Nature.
Rieles bloqueados y antenas caídas
Para entender el descubrimiento, imaginemos que una neurona es una ciudad. Para que funcione, necesita transportar cosas de un lado a otro. Para eso tiene los microtúbulos, que son como los rieles o el esqueleto interno de la célula.
Lo que descubrieron Gastón Bisig (investigador del CONICET) y Agustina Zorginotti (autora principal del estudio) es algo que no estaba en los libros: la L-Dopa no solo se convierte en dopamina. También se mete dentro de esos rieles.
«El problema es que cuando L-Dopa se integra en estos microtúbulos los hace menos dinámicos afectando su ingreso a las espinas dendríticas», explica Bisig.
Acá es donde la cosa se pone fascinante. Las espinas dendríticas son como las «antenas» que usa la neurona para recibir señales y conectarse con otras (lo que llamamos sinapsis). Si los rieles se ponen rígidos por culpa del medicamento, los materiales no llegan a las antenas.
¿El resultado? Las neuronas pierden sus antenas. Se quedan incomunicadas. «Entendemos que esta inestabilidad sináptica podría explicar algunas de las complicaciones que aparecen luego de un tiempo prolongado de tomar L-Dopa», detalla el investigador cordobés.
Ciencia de alta precisión (y paciencia)
Llegar a esta conclusión no fue soplar y hacer botellas. Requirió un trabajo de hormiga y tecnología de punta.
- Cultivos neuronales: Usaron células de ratón que maduraron en laboratorio.
- Microscopios de alta resolución: Para ver en tiempo real cómo los «rieles» crecían o se achicaban.
- Ingeniería genética: Crearon neuronas modificadas que no podían incorporar la droga a sus microtúbulos. Ahí confirmaron la hipótesis: si la droga no se metía en el esqueleto, los efectos negativos no aparecían.
- Tubos de ensayo: Hicieron pruebas bioquímicas puras para demostrar que, una vez que la L-Dopa se pega al microtúbulo, las enzimas naturales de la célula no pueden sacarla. Es un cambio que persiste.

No es tirar el remedio, es mejorarlo
Es fundamental aclarar algo para no generar pánico: la L-Dopa sigue siendo la mejor herramienta que tenemos. Nadie sugiere dejar de tomarla.
El valor de este hallazgo radica en que abre una puerta impensada para el futuro. Al entender el mecanismo del daño, ahora se pueden diseñar estrategias nuevas. «Si la L-Dopa modifica los microtúbulos de manera estable (…), esto podría contribuir a varios de los problemas que aparecen con los años», afirma Bisig.
Zorginotti, quien realizó parte de estos experimentos en Córdoba y otra parte en Francia, plantea un horizonte esperanzador: desarrollar fármacos complementarios que protejan los microtúbulos o impidan que la droga se pegue a ellos.

Un puente científico entre Córdoba y los Alpes
Este paper es también una muestra de cómo funciona la ciencia moderna: sin fronteras. El trabajo fue un «ping-pong» constante entre el laboratorio argentino y el francés, liderado por la investigadora argentina Leticia Peris.
«Desde Argentina aportamos experiencia en estudios in vitro y en cultivos neuronales, mientras que el equipo francés sumó su especialización en dinámica de espinas dendríticas», cuenta Bisig con orgullo.
En definitiva, este avance nos invita a mirar el Parkinson de una forma más integral: no solo se trata de reponer la sustancia química que falta (la dopamina), sino de cuidar la arquitectura de la casa (la neurona) para que el tratamiento siga funcionando año tras año.
Referencia:
Zorgniotti, A., Sharma, A., Ramirez-Rios, S. et al. L-Dopa-modified microtubules lead to synapse instability in cultured neurons: possible implications in Parkinson’s disease therapy. npj Parkinsons Dis. 11, 298 (2025). https://doi.org/10.1038/s41531-025-01143-4
