La escuela después de Sarmiento

José Tranier, doctor en Ciencias de la Educación, analiza la ruptura del modelo tradicional y las nuevas reconfiguraciones institucionales que se produjeron en la institución a partir de la crisis del 2001.

La escuela es el primer espacio de socialización por fuera del ámbito de la familia; es un lugar inclusivo y donde comienza a desarrollarse el pensamiento crítico. Para el investigador de la Facultad de Humanidades de la UNR, “el acceso a la educación no está garantizado si la trama social está dañada, si no es lo mismo elegir entre una escuela del centro y una de la periferia, por ejemplo”. Esa es una gran deuda de la democracia, que se incrementa con la aplicación de políticas neoliberales que atacan la figura del docente y la institucionalidad de la escuela, según afirma el docente quien considera que “el conjunto de la sociedad tiene que subsanar esa ruptura, y la Universidad tiene mucho para decir y hacer al respecto”.

La dinámica y los recursos con los que cuenta la universidad le brinda el espacio y el tiempo para poder reflexionar sobre el sistema educativo. “Es una obligación trabajar en conjunto con quienes están en el aula y con los responsables de las políticas educativas para intentar encontrar respuestas a los desafíos a los que se enfrenta la escuela en la actualidad”, sostiene el co-director del Centro Internacional de Estudios en Problemáticas Educativas Contemporáneas de la Facultad.

Además, afirma que la universidad pública tiene un deber con la sociedad, no puede estar alienada de la misma, tiene que asumir la deuda histórica con los desplazados del sistema, con aquellos que sólo pueden ingresar a ella para pedir limosna, y allí hay heridas coloniales que no se han curado.

La pedagogía argentina tiene matrices altamente eurocéntricas, que responden a las lógicas del siglo XIX. Esa escuela, la de Sarmiento, funcionó hasta la década de 1970, luego la dictadura militar y las políticas neoliberales quebraron el modelo educativo porque se fracturaron las bases sociales que lo sostenían”, expresa Tranier.

Y explica que hubo una interrupción de la coexistencia de clases, de grupos diversos y heterogéneos: “Ese fue el inicio de una fuerte segmentación de la discursividad inclusiva, de la escuela que había iniciado Sarmiento como una unidad unificadora”.

Después de la crisis de 2001, las escuelas fueron de las pocas instituciones que quedaron en pie. “Se convirtieron en centros de acogida y de encuentro social, verdaderos centros culturales en los cuales se organizaron huertas comunitarias, orquestas infantiles, se construyeron hornos de barro para hacer pan; era el lugar donde no sólo los niños encontraron cabida sino toda la comunidad”, expresa el profesor pero advierte que este nuevo lugar en el que se encuentra la institución no es tan cómodo para todos los docentes.

En los últimos años se da una situación para la cual no están capacitados todos los maestros, que es el del ingreso de la política a las aulas. Cada vez más se ven interpelados por temas de la realidad frente a los cuales no existe un consenso social. Santiago Maldonado o La Franja de Gaza hacen su irrupción en el aula, y muchas veces depende del interés personal de cada docente poder dar una respuesta. Para el investigador, hay que lograr que la escuela no sea un ámbito de repetición del sentido común, tiene el deber de ofrecer algo diferente de lo que los chicos reciben cotidianamente, en la casa o en los medios de comunicación. “La pregunta es cómo deconstruimos el sentido común y creamos nuevos territorios de significación”.

Para Tranier es necesario construir otra pedagogía, que esté más vinculada con el lugar histórico y social: “Creo que esa tensión la tenemos que resolver colectivamente; hay que custodiar estas estrategias que tardamos años en constituir, la relación de cercanía y de confianza entre el docente y los estudiantes, porque no hay aprendizaje si no hay un vínculo. Cuando ese vínculo está deteriorado, tanto desde la esfera política como la familiar, entonces aparecen las maestras golpeadas, insultadas y las descalificaciones como moneda corriente”.

Considera que hay que discutir la escuela, reconocer sus errores, ampliar sus fronteras pero sin cancelarla, sin negar su rol histórico y político. Su lógica no es la del emprendedor ni la del “sálvese quien pueda”, es un potencial espacio de producción de subjetividad crítica. En las instituciones educativas es donde se da la transmisión de ideas, de valores culturales, donde se construye pensamiento y se forma la idea de sujeto. Su fortaleza es que constituye un espacio colectivo, que necesita al otro para funcionar.

Con respecto al aporte de la Universidad en esta problemática, Tranier destaca la experiencia que se realiza en la Facultad de Humanidades con la realización de los cursos de capacitación docente, de los cuales es profesor. “En ese espacio se habilitan discusiones, interpelaciones y reconocimientos que se pierden ante la urgencia de la coyuntura. Eso permite poder tomarnos el tiempo para el análisis y el debate sobre las problemáticas, habilitar grupos de estudio, pensar en acciones políticas”.

Más allá de la desvalorización o de los ataques que los maestros puedan sufrir, ellos tienen una gran ventaja porque cuando se cierra la puerta del aula, no importa quién esté en el gobierno ni cuáles sean las políticas públicas, el docente puede y debe marcar la diferencia. Cuando se cierra la puerta del aula se juegan otras lógicas; está el docente junto con los niños y ahí se hace la diferencia.

Créditos
Victoria Arrabal
Secretaría de Comunicación y medios Dirección de Prensa
Universidad Nacional de Rosario – Facultad de Humanidades y Artes

 

 

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