Tras los incendios devastadores que redujeron a cenizas las montañas de Colorado, la naturaleza ya no logra recuperarse sola. Un grupo de científicos está probando una audaz estrategia bautizada como «migración asistida» para llevar los árboles a nuevas altitudes y prepararlos para el clima hostil que viene.
Hace seis años, la ecóloga forestal Marin Chambers miraba con angustia hacia las montañas mientras una inmensa columna de humo negro oscurecía el cielo. Era el incendio más grande en la historia de Colorado. Un tiempo después, parada en medio de un cementerio de troncos carbonizados cerca del epicentro del fuego, Chambers se agachó y encontró una minúscula esperanza: un brote de abeto asomando tímidamente en la tierra arrasada. «Me alegra el corazón ver esto», confesó la investigadora del Instituto de Restauración Forestal de Colorado (CFRI). «Siempre estoy buscando los plantines bebés».
Pero ese pequeño brote es casi un milagro aislado. La cruda realidad que enfrentan los científicos hoy es que no hay ninguna garantía de que estos bosques de gran altitud vuelvan a ser lo que eran. Gran parte de los árboles semilleros murieron devorados por el fuego extremo, dejando extensiones gigantescas sin conos para engendrar a la próxima generación. Y para empeorar las cosas, el clima ya no ayuda. Colorado acaba de atravesar el invierno más cálido de su historia, con nevadas alarmantemente escasas.
«Estamos viviendo en un clima completamente distinto al que existía cuando muchos de esos árboles echaron raíces», explica Chambers. Si los humanos no metemos mano, advierten los investigadores, estas históricas tierras boscosas del oeste de Estados Unidos podrían convertirse irremediablemente en matorrales o praderas secas, un golpe letal para la biodiversidad y para las reservas de agua dulce de la región.

Un empujón hacia arriba
Frente a este escenario de vida o muerte, los ecólogos están proponiendo una intervención fuerte: la «migración asistida». La idea es simple pero ambiciosa. A medida que el planeta se calienta, los gestores forestales toman plantines adaptados a climas más cálidos y los plantan más arriba en la montaña, donde hace más frío. Básicamente, se trata de acelerar la migración natural de las especies para ayudarlas a seguirle el ritmo al cambio climático.
Para poner esta teoría a prueba, Chambers y su colega Camille Stevens-Rumann, directora del CFRI y profesora de la Universidad Estatal de Colorado, se mandaron a la montaña tras la brutal temporada de incendios de 2020 —que quemó un área del tamaño de Luxemburgo—. Entre 2022 y 2025, el equipo plantó unos 11.000 árboles jóvenes de siete especies de coníferas en 98 zonas calcinadas.






Resultados mixtos y lecciones amargas
Los primeros datos que recolectaron esta primavera muestran las dos caras de la moneda. En las zonas altas, a más de 3.000 metros, los plantines van muy bien. El manto de nieve invernal funcionó como un abrigo aislante contra los vientos feroces, y la falta de árboles adultos por el incendio permitió que el sol derritiera la nieve más temprano, dándoles a los pequeños árboles una temporada de crecimiento más larga.
Pero si bajamos un poco la vista hacia los 2.400 metros de altura, el panorama es desolador. En un barranco seco que antes estaba lleno de pinos ponderosa (una especie experta en sobrevivir al fuego), casi todos los plantines introducidos en 2025 murieron durante su primer año. Pasaron de una tasa de supervivencia del 50% al paupérrimo 10%. Stevens-Rumann sospecha que la culpa la tuvo el invierno seco; sin nieve para protegerlos ni para humedecer la capa superficial del suelo, los pequeños árboles murieron de sed y frío.
LA CRISIS DE LA REFORESTACIÓN
El impacto de los mega-incendios y el déficit en la recuperación de los ecosistemas.
Déficit de Plantación
Es el bajísimo porcentaje de las necesidades anuales de reforestación posincendio que Estados Unidos logra cubrir actualmente.
Supervivencia Crítica
La tasa de supervivencia de los plantines en zonas bajas y secas se desplomó debido a la falta de nieve y la sequía extrema.
Árboles Experimentales
La cantidad de plantines introducidos por el CFRI en 98 zonas quemadas para testear la «migración asistida».
La presión de decidir qué salvar
Mientras que en regiones como Columbia Británica, en Canadá, el ecólogo Greg O’Neil lidera programas gubernamentales que ya plantan 230 millones de árboles anuales usando sistemas avanzados de predicción climática, en Estados Unidos el ritmo es alarmantemente lento. Un informe reciente indica que apenas se cubre el 6% de las necesidades de reforestación tras los incendios. Y con los fuegos volviéndose cada vez más bestiales, el déficit no hace más que empeorar.
Chambers, parada frente a un mar de troncos quemados, reflexiona sobre el futuro: «Obviamente soy una defensora extrema de los árboles y quiero que el bosque vuelva a estar donde siempre estuvo. Pero simplemente no es viable hacerlo en todos lados».
La ciencia forestal se enfrenta a decisiones durísimas. Replantar un ecosistema subalpino es vital porque retiene la nieve que luego se convierte en agua dulce para la región, pero habrá otras zonas donde la naturaleza tendrá que arreglárselas sola. Mientras el equipo prepara un nuevo megaproyecto para plantar 40.000 árboles en 2028 junto a especialistas del Servicio Forestal, la carrera contra el tiempo sigue. Ya no podemos sentarnos a esperar que el bosque se cure solo; el futuro de las montañas ahora depende de dónde decidamos plantar la próxima semilla.
Referencias:
Por Daniel Ventuñuk
En base al artículo de Katie Langin publicado en Science
