Un par de estudios recientes acaban de reescribir la línea de tiempo de nuestro vínculo más antiguo. Al analizar restos óseos de la Edad de Hielo, la ciencia encontró genomas caninos que retroceden el reloj de la domesticación y revelan un pacto de lealtad capaz de cruzar continentes enteros. ¿En qué lugar del mundo empezó todo?
El Origen del Mejor Amigo
Claves de los nuevos genomas caninos de la Edad de Hielo
Los nuevos fósiles retrasan el registro genético de los perros en más de 5.000 años.
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Los HallazgosRestos encontrados en Reino Unido (14.300 años), Suiza (14.200 años) y una cachorra en Turquía (15.800 años). |
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Linaje ResilienteA pesar de tener miles de años, la marca genética de estos animales sigue presente hoy en razas modernas como el Pastor Alemán. |
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Trato de IgualesCompartían la dieta con los humanos y, al morir, eran enterrados con ritos similares a los de las personas. |
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La brújula hacia AsiaAunque vivían en Europa, su ADN los emparenta estrechamente con los lobos asiáticos, apuntando a ese continente como origen. |
Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre, pero la ciencia lleva décadas rascándose la cabeza para averiguar exactamente cuándo, dónde y por qué firmamos ese contrato de amistad. Hasta ahora, buscar los orígenes de la domesticación canina era como armar un rompecabezas a oscuras: muchos huesos antiguos de hace 30.000 años parecían de perros por su forma, pero el ADN terminaba confirmando que, en realidad, pertenecían a lobos salvajes. El récord genético más antiguo lo ostentaba un fósil de Rusia con unos 11.000 años de antigüedad.
Pero la prehistoria siempre tiene un as bajo la manga. Dos investigaciones publicadas hoy en la prestigiosa revista Nature acaban de patear el tablero: lograron secuenciar los genomas de perros más antiguos jamás registrados, correspondientes a restos de entre 14.000 y 16.000 años hallados en el Reino Unido, Suiza y Turquía. De un plumazo, el reloj genético de la domesticación retrocedió más de cinco milenios.
El «perro navaja suiza» de la Edad de Hielo
Para lograr esta proeza, un equipo liderado por la Universidad Ludwig Maximilian (LMU) de Múnich y el Museo de Historia Natural (NHM) de Londres analizó restos óseos de la cueva de Gough (Inglaterra) y de un sitio en Pınarbaşı (Turquía). Los huesos turcos estaban tan fragmentados que parecían «café liofilizado», pero la tecnología moderna obró su magia.
Los resultados confirmaron que el espécimen de Pınarbaşı, datado en 15.800 años, era una cachorra domesticada. A su vez, los restos ingleses de 14.300 años también eran de un perro doméstico (Canis lupus familiaris). Lo sorprendente fue que, a pesar de la enorme distancia geográfica, sus genomas eran increíblemente similares, lo que evidencia que estos animales se esparcieron a una velocidad pasmosa por Eurasia acompañando a diversos grupos de cazadores-recolectores.
«Cada vez que las personas se mudan, llevan a sus perros con ellos», señala Lachie Scarsbrook, genetista evolutivo de la LMU. «Lo llamamos el perro navaja suiza. Pueden adaptarse a todos estos roles culturales».

Un trato de iguales frente a la muerte
Las comunidades humanas de la Edad de Hielo que adoptaron a estos animales eran radicalmente distintas entre sí. En Turquía, dependían de la pesca y la caza de aves pequeñas; en Inglaterra, eran recios cazadores terrestres. Sin embargo, compartían algo fundamental: trataban a sus perros como a sus propios muertos.
En Pınarbaşı, los restos caninos fueron enterrados intencionalmente encima de humanos fallecidos. En la cueva de Gough, el cráneo del perro tenía perforaciones decorativas, muy similares a las que se les hacían a los cráneos humanos en ese mismo sitio (prácticas asociadas a rituales de canibalismo). Además, los análisis químicos probaron que comían exactamente lo mismo que sus dueños. «A cuatro mil kilómetros de distancia, vemos que estos perros son tratados de maneras muy similares», subraya el paleogenetista William Marsh, del NHM.

El ADN que sobrevive al tiempo
El segundo estudio, comandado por el Instituto Francis Crick de Londres, utilizó una técnica de «captura» de ADN para separar el material genético antiguo de los contaminantes microbianos. Así identificaron a 14 perros europeos tempranos, incluyendo uno de 14.200 años en Kesslerloch, Suiza.
La huella genética de estos animales demostró ser de una resistencia formidable: sobrevivió a la posterior llegada de los primeros agricultores de Medio Oriente y sus propios perros, y sigue latiendo hoy en razas modernas como el pastor alemán. «A los perros no parece importarles demasiado a qué cultura están apegados», bromea Adam Boyko, genetista canino de la Universidad de Cornell.
Al cruzar los datos, los científicos notaron que los perros de Inglaterra, Suiza y Turquía tenían secuencias de ADN mitocondrial casi idénticas. Pertenecían a una única y vasta población de la Edad de Hielo. «Eso era desconocido. Es un gran descubrimiento», celebra Ludovic Orlando, paleogenetista de la Universidad de Toulouse.
¿Y el origen de todo? Si bien los primeros canes poblaron Europa, la evidencia apunta a que la primera chispa de domesticación se encendió en Asia. Los estudios coinciden en que estos antiguos perros europeos están más emparentados con los lobos asiáticos de la Edad de Hielo que con los lobos de Europa. Como concluye Anders Bergström, de la Universidad de East Anglia: «Probablemente en su lugar estemos mirando hacia Asia, pero Asia es un lugar muy grande». El misterio continúa, pero la ciencia ya encontró la pista dorada siguiendo las huellas en la nieve.
Referencia:
Por Daniel Ventuñuk
En base al artículo de Ewen Callaway publicado en Nature
