Febrero de 1945. En las últimas sombras de la Segunda Guerra Mundial, tres hombres se reunieron en Crimea para decidir el destino del mundo, pero terminaron sentando las bases de la Guerra Fría. La Conferencia de Yalta pasó a la historia como el tablero donde Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill y Joseph Stalin jugaron una partida monumental de poder, desconfianza y ambiciones ocultas.
A medida que las fuerzas aliadas avanzaban hacia Berlín desde el oeste y el Ejército Rojo aplastaba la resistencia nazi en el este, la victoria militar en Europa ya era un hecho inminente. Sin embargo, el verdadero desafío de los líderes aliados, conocidos como «Los Tres Grandes», era reconstruir un continente devastado y evitar conflictos en el futuro. Sus objetivos compartidos eran decidir el destino de Alemania tras su rendición incondicional, resolver las disputas territoriales en Europa del Este y establecer un nuevo orden mundial basado en la cooperación.
Agendas cruzadas y desconfianza
Detrás de las sonrisas diplomáticas, cada líder llegó con una agenda individual innegociable. Roosevelt buscaba asegurar el ingreso de la Unión Soviética en la guerra contra Japón y garantizar el apoyo de Stalin para la creación de las Naciones Unidas. Churchill, en cambio, intentaba proteger los intereses del Imperio Británico y asegurar elecciones libres en Europa del Este. Por su parte, Stalin tenía un objetivo claro y contundente que marcaría las décadas siguientes: consolidar una esfera de influencia soviética en Europa Oriental.
El reparto del mundo en siete días
Durante una semana de intensas negociaciones, del 4 al 11 de febrero, se tomaron decisiones que redibujaron el mapa global:
- El destino de Alemania: Se acordó erradicar el nazismo y desmantelar por completo la maquinaria militar alemana. El territorio, al igual que la ciudad de Berlín (ubicada dentro de la zona soviética), sería dividido en cuatro zonas de ocupación administradas por Estados Unidos, Reino Unido, la Unión Soviética y Francia. Además, aunque se acordó el pago de reparaciones, no se logró un consenso sobre cómo se distribuirían.
- El polvorín de Polonia: Fue el punto más controvertido del encuentro. Se decidió que la frontera oriental seguiría la Línea Curzon y que Polonia sería compensada con territorios alemanes hacia el oeste. Se formaría un gobierno provisional de «unidad nacional» que mezclaba a representantes en el exilio apoyados por Occidente con el comité pro-soviético de Lublin. Stalin prometió permitir elecciones libres democráticas, una promesa que sería rápidamente violada.
- El frente del Pacífico: Stalin acordó entrar en la guerra contra Japón dos o tres meses después de la rendición alemana. A cambio, la Unión Soviética recibiría el sur de Sajalín, las Islas Kuriles y derechos especiales en puertos y ferrocarriles de Manchuria.
- Las Naciones Unidas: Se cimentó el marco para la fundación de la ONU, definiendo un Consejo de Seguridad con poder de veto para cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Reino Unido, Unión Soviética, Francia y China).
El prólogo de la Guerra Fría
Aunque la cumbre fue presentada como un triunfo diplomático, las grietas comenzaron a aparecer casi de inmediato. La falta de elecciones libres en Polonia se convirtió en un símbolo del conflicto y el establecimiento de gobiernos comunistas leales a Moscú en Europa del Este elevó al máximo la tensión con Estados Unidos y el Reino Unido.
Para algunos historiadores, Yalta fue un acto de pragmatismo necesario para garantizar una transición ordenada; para otros, representó una traición a los ideales democráticos occidentales al permitir el avance de Stalin. Lo innegable es que las decisiones tomadas en esa mesa marcaron el inicio del orden bipolar y sentaron las bases de la Guerra Fría que definiría la segunda mitad del siglo XX.
