Seguro tenés la imagen grabada: una esquina del techo, una planta del jardín, y ahí está, una telaraña perfecta. Pero, ¿y si te contamos que la mitad de las más de 50.000 especies de arañas del mundo no tejen telas para cazar? Estos fascinantes arácnidos, capaces de generar tanta fobia como admiración, están rodeados de mitos. Es hora de agarrar la lupa y separar los tantos.
Están en casi todo el planeta, salvo en la Antártida, y los científicos creen que apenas conocemos una fracción de todas las que existen. Las arañas son, sin duda, uno de los grupos de animales más famosos y, a la vez, más incomprendidos. Tienen ocho patas y un cuerpo dividido en dos, características que las hacen únicas. Pero lo que sabemos de ellas suele estar mezclado con ideas que no son del todo ciertas. Vamos a desarmar tres de los mitos más grandes.
Primer round: ¿Son insectos o no son insectos?
Es la pregunta del millón. Vemos un bicho de muchas patas y la primera reacción es meterlo en la bolsa de los insectos. Pero no. Aunque ambos son invertebrados y pertenecen al gran grupo de los artrópodos, las arañas juegan en una liga completamente distinta: son arácnidos.
La diferencia es más fácil de lo que parece. Como explican desde la base de datos Animal Diversity Web, la próxima vez que dudes, contale las patas: los insectos tienen seis, las arañas tienen ocho. Y si te animás a mirar más de cerca, los insectos tienen el cuerpo dividido en tres partes (cabeza, tórax y abdomen), mientras que las arañas lo tienen en dos (cefalotórax y abdomen). Caso cerrado.

Fotografía de NADINE DUPERRE
Segundo round: El club de los arácnidos es más grande de lo que creés
Acá caemos en otro error muy común: usar «arácnido» como si fuera una forma más elegante o científica de decir «araña». En realidad, es como pensar que «felino» es sinónimo de «gato». Las arañas son solo una parte, aunque muy importante, de una familia mucho más grande y diversa.
Como detalla el Museo Burke de Historia Natural, hay 11 órdenes de arácnidos. Dentro de ese club están, por ejemplo, los escorpiones (con unas 1.200 especies), y los ácaros y garrapatas (con la friolera de más de 48.000 especies). Pero la familia tiene parientes todavía más extraños y menos conocidos: los opiliones (unas 5.000 especies, de patas larguísimas), los pseudoescorpiones (que parecen escorpiones en miniatura pero sin el aguijón venenoso), las «arañas camello» o solpúgidos, y hasta unos diminutos llamados palpígrados que suelen vivir en cuevas. Así que no, no todos los arácnidos son arañas.

Fotografía de MARTY SCHNURE, ROSS DONIHUE
El gran mito: La araña que no tejía su red
Llegamos al corazón del asunto. La imagen de la araña tejiendo pacientemente su trampa mortal es icónica, pero, según el Museo Burke, es una verdad a medias. «Solo la mitad de las especies de arañas conocidas cazan a sus presas utilizando telarañas».
Entonces, ¿qué hace la otra mitad? Lejos de ser holgazanas, desarrollaron otras estrategias de caza tan o más efectivas. Podemos dividirlas en dos grandes grupos:
- Las cazadoras activas: Estas no esperan a que la comida les llegue, salen a buscarla. Acá entran las famosas arañas lobo, las arañas saltarinas (que dan unos brincos espectaculares) y las arañas de tierra. Son las que se mueven, rastrean y persiguen a su presa.
- Las maestras de la emboscada: Este grupo es pura paciencia y estrategia. Se esconden y esperan el momento justo. Las arañas trampera, que construyen madrigueras con una «puerta» de seda, o las arañas cangrejo, que se camuflan en las flores, son expertas en esta técnica. No necesitan una red porque sus órganos sensoriales les avisan cuando la víctima se acerca demasiado.
Ahora bien, que no tejan telas para cazar no significa que no produzcan seda. ¡Todas lo hacen! Y este es el dato que une a todo el universo arácnido. Según los expertos, las cazadoras usan su seda para tres cosas fundamentales: el hilo de arrastre (una especie de «hilo de vida» que todas van dejando mientras caminan), el saco para proteger sus huevos y, en algunos casos, para construir un refugio, una pequeña «cucha» de seda donde descansan seguras.

Fotografía de Mark Wong
Así que la próxima vez que te cruces con una, recordá que quizás no estés frente a una tejedora, sino a una ágil cazadora o a una estratega camuflada. Un mundo de diversidad en ocho patas.
Por Daniel Ventuñuk
En base al artículo publicado en National Geographic
