Parece que fue en otra vida, pero hace seis años el mundo cambiaba para siempre. Hoy, sin barbijos y con la «vieja normalidad» recuperada, creemos que el peligro se extinguió. Sin embargo, un nuevo reporte internacional enciende una luz de alerta: el virus sigue circulando y, para los grupos de riesgo, cometer el error de no actualizar la vacuna puede marcar la diferencia entre un resfrío fuerte y una cama de terapia intensiva.
El calendario marca que pasaron seis años desde aquellos primeros casos de neumonía extraña en Wuhan, China. Para la mayoría de nosotros, el COVID-19 es un recuerdo borroso o una anécdota de encierro. De hecho, en mayo de 2023 la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró oficialmente el fin de la emergencia internacional. Pero que se termine la emergencia no significa que se termine el problema.
La oficina regional europea de la OMS acaba de publicar una serie de estudios que funcionan como un baldazo de realidad: el virus SARS-CoV-2 no solo no desapareció, sino que sigue siendo un riesgo significativo para la salud pública, especialmente porque hemos bajado la guardia de manera drástica.
Mucho más que una «gripecita»
Uno de los mitos más instalados es que el COVID «ya es como una gripe». Los datos de la red EuroSAVE, que monitoreó hospitales entre 2022 y 2024, desmienten categóricamente esa sensación de seguridad.
Al comparar a los pacientes internados por COVID-19 con los ingresados por influenza (gripe), los médicos notaron un patrón preocupante: los casos de coronavirus presentaron con mayor frecuencia desenlaces graves. Esto incluye una mayor necesidad de oxígeno, más ingresos a Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) y, lamentablemente, una mayor tasa de mortalidad.
Mark Katz, epidemiólogo de la OMS/Europa, fue contundente al respecto: «Si bien el COVID-19 ya no causa la propagación masiva que vimos durante la pandemia, sigue provocando un número considerable de hospitalizaciones y muertes. El impacto del virus parece ser tan grave como el de la influenza, e incluso en algunos casos mayor».
La paradoja de la vacunación
El análisis de casi 4.000 hospitalizaciones por infecciones respiratorias agudas (entre mayo de 2023 y abril de 2024) arrojó cifras que duelen por lo evitables que son. Del total de internados, cerca del 10% tenía COVID-19. Pero el dato que nos tiene que hacer reflexionar es quiénes eran esos pacientes:
- Más de dos tercios eran mayores de 60 años.
- Una proporción similar tenía enfermedades crónicas.
Es decir, los grupos que ya sabemos que son vulnerables. Y aquí viene el dato más alarmante del reporte: solo el 3% de esos pacientes hospitalizados se había aplicado una vacuna en los doce meses previos.
El olvido o la dejadez se pagaron caros: el 13% de esos pacientes terminó en terapia intensiva y el 11% falleció. Silvia Bino, epidemióloga del Instituto de Salud Pública de Albania, lo resumió con claridad: «La mayoría de los pacientes hospitalizados eran adultos mayores o personas con enfermedades crónicas, justamente quienes deberían recibir refuerzos anuales».
El escudo sigue funcionando (y muy bien)
La buena noticia en medio de estos números es que la ciencia no falló. Las herramientas que tenemos siguen siendo extraordinariamente efectivas.
Un estudio realizado en Kosovo durante tres años demostró que haber recibido una dosis actualizada en los seis meses previos tuvo una efectividad del 72% para prevenir la hospitalización y del 67% para evitar los cuadros más graves (UCI o muerte). Otro análisis más amplio, que abarcó seis países, confirmó que la vacunación reciente reduce en un 60% el riesgo de terminar en una cama de hospital.
El mensaje de los expertos es claro y urgente: la pandemia terminó, pero el virus se quedó a vivir con nosotros. Para los adultos mayores, embarazadas, personas con comorbilidades y personal de salud, la revacunación anual no es un trámite burocrático, es el cinturón de seguridad que les puede salvar la vida en un choque que nadie espera.
